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Los ecos profundos del ‘perro del hortelano’

Written By Jose Antonio Evora
October 21, 2026 at 2:58 PM

Ysmercy Salomón como la Condesa Diana de Belflor, y Guillermo Lavandera Cabré en el papel del Marqués Ricardo, en una de las tres funciones de “El perro del hortelano” presentadas este mes en el Aventura Arts & Cultural Center. (Fotografía de Javier Labrador/Huracán Films, cortesía de FUNDarte).

¿Se puede ver una obra de teatro hoy con los mismos ojos que la vieron en el siglo XVII? Obviamente no, pero vale la pena intentarlo, parece decir el director teatral cubano Carlos Díaz con su montaje de “El perro del hortelano”, de Lope de Vega. 

Todo depende de que esa obra no sea tan antigua como penetrante; que el afán de resucitarla sea cómplice y revoltoso, no didáctico, y que los ojos para verla estén muy atentos al calado de los personajes y al espejo de fondo.

La puesta en escena de Díaz tuvo tres funciones este mes en el Aventura Arts & Cultural Center, tras su estreno en julio en Alcalá de Henares, España. Norge Espinosa llevó los tres actos del texto original a un espectáculo de 90 minutos sin intermedio, y de la producción se encargaron Ever Chávez, de FUNDArte, y el grupo Teatro El Público.

De izquierda a derecha, Enmanuel Galbán (Teodoro), Reinier Díaz (Fabio) e Ysmercy Salomón (Diana), en otra escena de la obra de Lope de Vega, producida por FUNDarte y el grupo Teatro El Público. (Fotografía de Javier Labrador/Huracán Films, cortesía de FUNDarte).

No pasa mucho tiempo sin que oigamos hablar de alguna temporada exitosa de “Hamlet” (1623) o de “Tartufo” (1669). Sin embargo, lo relevante ahora, en el caso de “El perro del hortelano” (1618), es desentrañar por qué Díaz le pidió a Espinosa una versión que respetara el verso y cómo se las arregló para que los diálogos rimados del Siglo de Oro sonaran como un eco profundo en un solar habanero.

Mientras Teodoro y Tristán huyen al principio, puede leerse en la franja vertical de telón semitransparente, ubicada en el centro del escenario, la frase “Cuida’o con el perro que muerde calla’o”. El director le pone así un sello cubano al factor de intriga y usa el anacronismo lingüístico como un guiño solariego que nos invita a buscar La Habana de hoy en la Nápoles de los años 1600.

Al principio, la Condesa no come ni deja comer porque vigila y obstaculiza la relación entre Teodoro, su secretario, con quien a ella le gustaría enredarse, y Marcela, su sirvienta, que ya anda enredada con Teodoro. 

El afiche de la obra, realizado por Giselle Monzón Calero (cortesía de FUNDarte).

El público será testigo de cómo Diana se las arregla para terminar “comiendo”. Recuérdese que la frase original “no come ni deja comer” es anterior a Lope de Vega. Viene de aquella fábula de Esopo en la que el perro que cuida el huerto no come hortalizas y le impide al buey comérselas.

CUESTIÓN DE TONO

Los recursos de Díaz son unos actores formidables, unos cambios de entonación crujientes, y un despliegue de perversas insinuaciones que da gusto descifrar o, al menos, intentarlo. Agréguese el diligente trabajo de nuestra colega Maité Hernández-Lorenzo, asistente de dirección, teniendo en cuenta que, para Díaz, no fue posible participar en todos los ensayos.

Es notable la prestancia y la altivez con que se proyectan los actores, como si se debieran a un público acostumbrado a exigirlas, sin importar la escala social del personaje. 

En primerísimo lugar, Ysmercy Salomón en su papel de Diana, la Condesa de Belflor. De cada entrada suya a escena parece brotar una fuerza telúrica contenida, y el excelente vestuario de Celia Ledón le da un relieve esmerado. A Ysmercy se le deben las más brillantes y súbitas transiciones de entonación y, al mismo tiempo, un alto grado de naturalidad y un énfasis preciso al conversar en verso.

Enmanuel Galbán (Teodoro) e Ysmercy Salomón (Diana) en el escenario del Aventura Arts & Cultural Center. (Fotografía de Javier Labrador/Huracán Films, cortesía de FUNDarte).

Hay un momento de la obra en el que brillan simultáneamente el genio de Lope de Vega, la elocuencia de la protagonista y la interpretación consistente de Enmanuel Galbán como Teodoro. 

Diana le da a leer una carta, supuestamente escrita por ella a nombre de una amiga: “Amar por ver amar envidia ha sido/ y primero que amar estar celosa/ es invención de amor maravillosa/ que por imposible se ha tenido/ De los celos mi amor ha procedido/ por pesarme que, siendo más hermosa/ no fuese en ser amada tan dichosa/ que hubiese lo que envidio merecido”. 

No hay sinopsis más clara de la obra.

En el papel de Anarda, el contratenor Frank Ledesma llena el preámbulo de la función con canciones de la época, mientras el público va entrando a la sala. Su trabajo (asume además el rol de Federico) recuerda cuán importante es para un protagonista contar con un actor afilado como contraparte en el papel de personaje secundario. 

El único del reparto que no es cubano, el argentino Luciano Cortés, coloquializa la rima a su antojo y, como le escuché decir a alguien, parece un arlequín recién salido de la Commedia dell’arte.

La versión de Espinosa, llena de cambios, elimina personajes, pero no siempre sus diálogos, que a veces atribuye a otros. La ausencia del mayordomo Otavio, por ejemplo, no borra la conversación que tuvo con la Condesa y, en cambio, la resume cuando, en la escena inicial, Diana le habla a Anarda.

Luciano Cortés es Tristán, el lacayo de Teodoro, y Laura Alemán interpreta a Marcela. (Fotografía de Javier Labrador/Huracán Films, cortesía de FUNDarte).

Los ajustes que hace Espinosa para lograr el mayor coloquialismo posible bajo los rigores del verso resultan admirables, y los cortes de parlamentos son dignos de un editor muy experimentado, quien sabe si el que le habría hecho falta al propio Lope de Vega para quitarle un poco de hojarasca a su obra.

Así como demasiadas oraciones incidentales suelen restarle enfoque a un texto, el floreo en una representación escénica distrae, por muy talentoso que sea quien lo prodigue. Después de que Fabio trae ante Diana el sombrero dejado por Teodoro en la fuga y deduce que se le quemaron las plumas, como a Ícaro, nadie echa de menos la omisión de “el sol la lámpara fue, Ícaro el sombrero, y luego las plumas deshizo el fuego, y en la escalera le hallé”.

Esos cortes hacen que, por ejemplo, la presentación del Marqués Ricardo ante Diana no se extienda tanto como en el original. Espinosa cierra el paso a las redundancias, y deja en manos del director el subrayado de las intenciones y las emociones de cada personaje.

En el caso del Marqués Ricardo, por cierto, Guillermo Lavandera Cabré resuelve la elipsis con sobrado ingenio y un tic que aporta gracia a la escena. Es él quien también interpreta el papel de Dorotea y, así como su elección es un acierto del casting del propio director, su desdoblamiento deja ver a un actor en plena forma, dispuesto no tanto a ser parte de la representación como a divertirse con ella. Porque se nota mucho, y el público lo disfruta doblemente.

En la escena final de “El perro del hortelano”, aparecen, de izquierda a derecha: Guillermo Lavandera Cabré, Luciano Cortés, Frank Ledesma, Enmanuel Galbán, Joel Sotolongo, Reinier Díaz, Ysmercy Salomón y Laura Alemán. (Fotografía de MarcosGPunto, cortesía de FUNDarte).

NO HAY PEOR CIEGO QUE EL QUE NO QUIERE VERSO

No era solo una convención del Siglo de Oro español escribir teatro en verso. Aun cuando tuviera la licencia de la polimetría (combinar métricas distintas en un mismo texto), la rima era un recurso de elevación estética y resultaba difícil imaginar un escenario dramático en el que los personajes hablaran como el vulgo. Eso, sin contar que los actores memorizan más fácilmente la musicalidad de un texto rimado que la de la prosa corriente.

Es curiosa la paradoja de que Díaz sintoniza al espectador de hoy con el del siglo XVII mediante una especie de realismo directo a dos tiempos: entre vistosos miriñaques, la obra ha sido llevada a escena como si fueran a verla los españoles de 1618, pero unas cuantas banderillas sazonadas en 2026 la ponen al día. 

Los ojos de ahora se remontan a los del siglo XVII con la síntesis de la percepción. Difícilmente pueden combinarse mejor la irreverencia del enfoque y la admiración por la obra de Lope de Vega y por el Siglo de Oro. 

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