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Un cierre apoteósico para un “Pájaro de Fuego” lleno de color

Posted By Orlando Taquechel
February 18, 2020 at 6:46 PM

Foto: Los bailarines de Miami City Ballet en la última escena de “Firebird”. Fotografía: Alexander Iziliaev (cortesía)

El Miami City Ballet (MCB) presentó el 14 de febrero un atractivo programa en el Arsht Center de Miami que incluyó el “Rodeo” de Aaron Copland “deconstruido” por el coreógrafo Justin Peck, las canciones de Frank Sinatra “reinterpretadas” como baile de salón al estilo de Twyla Tharp y una puesta en escena “rediseñada” del ballet de George Balanchine y Jerome Robbins basado en el famoso cuento folclórico ruso del pájaro de fuego.

Deconstrucción, reinterpretación y rediseño son términos utilizados para identificar acciones llevadas a cabo sobre algo ya existente que sugieren análisis y cambio, una nueva manera de hacer y una forma diferente de presentar algo ya conocido. 

Puede parecer demasiado para procesar como espectador en apenas hora y media pero las tres obras antes mencionadas son trabajos de probada eficacia comunicativa que han sido favoritos del público desde el día en que fueron estrenados. El “Rodeo” original de Agnes de Mille en 1942 y el de Peck en 2015; la obra de Tharp en 1982 y “Firebird” en todas y cada una de sus múltiples iteraciones.

El primer “Firebird” – el de Michel Fokine – data de 1910 y constituyó un triunfo enorme para los Ballets Rusos de Sergei Diaghilev. Balanchine concibió el suyo para el New York City Ballet en 1949, con reposiciones en 1970, 1972, 1980 y 1985 (esta última armada después de su fallecimiento en 1983). A petición del propio Balanchine, Robbins contribuyó a la reposición de 1970 creando una nueva coreografía para la escena de los “monstruos”.  

Reseñar una función como esta es una tarea fácil y a la vez complicada. Las coreografías ya han sido analizadas hasta la saciedad, llevan años como piezas de repertorio y la cuestión se reduce a despejar una incógnita, la de reconocer si funcionan para MCB. En este caso, la respuesta es afirmativa. 

MCB demuestra una vez más que puede abordar el pasado reciente (“Nine Sinatra Songs”) y el hoy (“Rodeo: Four Dance Episodes”), transformar el lejano ayer en presente (“Firebird”) y asegurar el futuro de la agrupación como proyecto artístico porque parece haber descubierto el punto exacto donde se encuentran las expectativas del público y las intenciones de la dirección artística de Lourdes López.

Lo complicado radica en que son tantas las vidas ya vividas que las comparaciones resultan inevitables y “Nine Sinatra Songs” – presentada entre los dos intermedios del programa – parece haber perdido precisión en el trazo coreográfico.   

Julia Cinquemani y Carlos Quenedit en “Nine Sinatra Songs”. Fotografía: Alexander Iziliaev (cortesía)

Tal vez la diferencia radique en las libertades interpretativas permitidas por la persona a cargo del montaje para MCB, Elaine Kudo en 2004 y Stacy Caddell en 2020. A lo mejor es que acabamos de ver “I’m Old Fashioned” y Tharp no es Robbins o quizás sea un asunto generacional en tiempos de “So You Think You Can Dance”.

Son siete pas de deux en total porque “My Way” aparece dos veces como material especial para secuencias grupales y de ahí el nueve del título. El mejor baile de pareja sigue siendo “That’s Life” y su mejor intérprete es Katia Carranza, que lo estrenó en 2004, acompañada entonces por Renato Penteado y lo bailó ahora con Kleber Rebello.  

Carranza y Rebello arrebatan al público y reciben la ovación más entusiasta de la noche. También fueron muy aplaudidos Julia Cinquemani y Carlos Quenedit interpretando por primera vez “One for the Road”. 

La exitosa función abrió con el estreno para la compañía del divertido “Rodeo”, donde Peck utiliza la ingenuidad y el entusiasmo presente de la música descriptiva de Copland para hacer una obra contemporánea y norteamericana – curiosamente, De Mille siempre se autodefinió de esa manera – en la que los vaqueros han sido reemplazados por jóvenes atletas del siglo XXI.

Los hombres de Miami City Ballet en “Rodeo: Four Dance Episodes”. Fotografía: Alexander Iziliaev (cortesía)

El ambiente masculino de la producción original sigue presente pero la referencia al rodeo se limita ahora al momento en que varios de los bailarines se sientan en proscenio con las piernas colgando como si estuvieran en la cerca del corral.

Concebida para quince hombres y una sola mujer, esta es una obra en la que abundan las situaciones humorísticas y contiene un pas de deux que interpretaron con desenvoltura admirable – de igual a igual – Jennifer Lauren y Renan Cerdeiro.

Pero si el ballet neoclásico (léase Balanchine) es un estilo construido alrededor de la mujer, el ballet contemporáneo parece tener al hombre como protagonista (BalletBoyz y Cie. Herve Koubi son buenos ejemplos) y MCB se incorpora de lleno a la tendencia con “Rodeo”.

Después del segundo intermedio se presentó por fin “Firebird”, que resultó ser una lujosa puesta en escena espectacular a la que nada le falta ni le sobra, centralizada por una deslumbrante Nathalia Arja.  

Nathalia Arja en “Firebird”. Fotografía: Alexander Iziliaev (cortesía)

Mas allá de la historia ya conocida y de lo logrado por las actuaciones; mucho más allá del disfrute que provocan la música de Stravinsky – interpretada en vivo por la orquesta Opus One bajo la experta dirección de Gary Sheldon – y la coreografía imperecedera de Balanchine y Robbins, lo que hace inolvidable a este “Firebird” son sus valores de producción. 

Todos los artistas participantes han sido vestidos con esmero por Anya Klepikov – cada traje es una obra maestra pero la escena de los monstruos merece un ensayo aparte – y son tratados con afecto infinito por la iluminación de James F. Ingalls. 

Sin olvidar que todo lo anterior es complementado de manera espléndida por la funcionalidad presente en las monumentales soluciones escenográficas – también de Klepikov – y las proyecciones exquisitas de Wendall K. Harrington. 

La expresión “un cierre con toda la compañía” identifica una práctica habitual en el mundo del espectáculo, pero “Firebird” la transforma en algo excepcional y sinónimo de exuberancia cuando un total de 62 intérpretes son convocados simplemente para habitar la escena apoteósica del final, destinada a permanecer en la memoria como una experiencia alucinante por la vehemencia de su colorido.

 

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