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New World Symphony, brillante fin de temporada

Written By Sebastián Spreng
May 20, 2025 at 2:11 PM

El director de orquesta Stéphane Dèneve, el chelista Sheku Kanneh-Mason y la New World Symphony. Fotografía: Alex Markow (cortesía de la New World Symphony).

Los dos conciertos finales de la temporada 2024-25 de la New World Symphony (NWS) apuntaron a una excelencia ejemplar plenamente lograda a través del año, a la que se sumaron los debuts estelares de dos artistas británicos de fama mundial, el chelista Sheku Kanneh-Mason y el director Edward Gardner.

Bajo el liderazgo de Stéphane Denève, el último “Wallcast” de la temporada ofreció las rotundas riquezas y contrastes de Berlioz y Shostakovich frente al que fue un breve inicio con la modesta suite de “The Book Thief” de John Williams empalideció un tanto más allá de intachable lectura de orquesta y director.

Seguidamente, el debut de Sheku Kanneh-Mason adquirió ribetes sensacionales y francamente inolvidables para quienes tuvieron el privilegio de presenciarlo. En su caso no sólo se trata de carisma, virtuosismo y juventud sino que se está frente a un artista dueño de talento y sensibilidad fuera de serie.

No es el “Primer Concierto para Cello” de Shostakovich una pieza fácil para debutar ni para la audiencia, pero Sheku Kanneh-Mason lo ha transformado en uno de sus caballitos de batalla desde su triunfo en el concurso de la BBC en 2016. Un “tour-de-force” en todo sentido, la sardónica composición para el gran Mstislav Rostropovich en 1959 contrasta intempestivamente la angustiante ternura de la que sólo fue capaz el compositor, con la ferocidad y sequedad glacial del régimen que supo ironizar como ningún otro.

El chelista Sheku Kanneh-Mason. Fotografía: Alex Markow (cortesía de la New World Symphony).

Lo cierto es que Kanneh-Mason logra una interpretación personalísima que convence sin vuelta de hoja, si bien alejada del modelo Rostropovich, igualmente espectacular. Aquí, se ha permitido encontrar otra faceta e imbuirla con un lirismo camaristico que deslumbra y puede despachar, con pasmosa facilidad, las tremendas demandas técnicas que requiere, amén de una afinación perfecta y un sonido envolvente. Mientras aplica un barniz atemporal que, sin quitarle las connotaciones históricas, lo vuelve más vigente que nunca.

Luego de un primer movimiento resuelto con apabullante virtuosismo, la solidez de su enfoque y batería técnica fue confirmada en un soberbio Moderato – sin olvidar el notable diálogo entre cello y trompa – así como en la extenuante cadenza del tercero, de un rigor escalofriante y una intimidad tal que parecía estar solo en el auditorio, él y su instrumento.

A una orquesta que lo acompañó ejemplarmente, y un Denève atentísimo a cada sutileza que el solista requería, se sumó la exquisita participación de arpas y celesta aportando armonías nocturnas espectrales. Tanto en el brutal Allegretto inicial – sátira macabra a los nazis llevando a los soldados rusos a la muerte – como en la canción folklórica favorita de Stalin distorsionada magistralmente, otra vez el satírico Shostakovich señala un ejemplo de supervivencia artística en medio de la más asfixiante atmósfera política.

Ante la esperada ovación, un bis desacartonado, su versión de “She used to call me” de Bob Marley con la misma magia y encanto, sin arco, sólo pizzicato. Si afortunadamente la generación actual cuenta con notables chelistas, Sheku, a los 26, incorpora un alma antigua capaz de suceder a los reyes de su instrumento.

El violinista Gil Shaham. Fotografía: Alex Markow (cortesía de la New World Symphony).

Después de tanta intensidad, curiosamente, la exuberancia de la “Sinfonía fantástica” de Berlioz resultó un remanso, claro que sólo en principio. Denève brindó su personalísima visión del delirio berlioziano con momentos de sutileza y literal línea de canto que recordó las grandes arias heroicas del compositor. La paleta cromática a pleno demostró no sólo su consustanciación con la academia orquestal americana sino el nivel alcanzado por la orquesta al final de la temporada, limando toda aspereza y pulida al máximo.

Tanto en la gracia de “Un bal” como en las delicias de la escena campestre, así como en los dos demoníacos movimientos finales, brilló cada sección de la orquesta con ímpetu y precisión destacadísimas. Inexorable y bombástico, Berlioz sirvió de primer gran final al que seguiría otro de semejante impacto.

Así fue el debut de Edward Gardner, director principal de la Filarmónica de Londres, la Bergen Philharmonic y flamante director artístico de la Ópera Nacional Noruega en Oslo, otro importante hito de la temporada que concluye.

Una figura establecida que continúa en imparable ascenso y que se sintió aprovechada por los becarios de la academia orquestal americana. A su lado, en calidad de solista, el siempre bienvenido Gil Shaham, y vale recordar que su debut en Miami hace ya cuarenta años, suscitó un fervor parecido al comentado de Sheku Kannah-Mason.

Antonin Dvořák lo compuso para el legendario Joseph Joachim pero fue estrenado por František Ondříček (1857–1922) en Praga en 1883, quien además se convirtió en el adalid de este bellísimo “Concierto para violín”.

Merecido pilar del repertorio tardó demasiado en ubicarse internacionalmente, lográndolo gracias a intérpretes como Jan Kubelik, Josef Suk, David Oistrakh y especialmente Gil Shaham, que lo incorporó a su repertorio hace años y que brindó una versión espléndida, con la estrecha colaboración de Gardner hermanado en la típica sonoridad eslava, de nobleza e individualidad superlativas donde aflora el incontestable color y rigor brahmsiano.

A los 54 años, el otrora prodigio Shaham se mantiene incólume como uno de los grandes de su generación, y en su absoluto dominio del célebre Stradivarius “Condesa de Polignac que lo acompaña desde entonces, se volvió a mostrar eximio al desplegar en toda su intensidad y exquisitez el espíritu requerido por el compositor. De hecho, la conversación planteada entre solista y director adquirió connotaciones de espectacular duelo musical, tal como debe ser.

Edward Gardner y la New World Symphony. Fotografía: Alex Markow (cortesía de la New World Symphony).

Como bis, Shaham ofreció “Isolation Tango”, refrescante y divertida viñeta que combina tango y jazz para evidente deleite de la audiencia.

El amenazador “Concierto para orquesta” de Bela Bartok perturba desde el vamos, señalando implacable hacia lo más profundo, llámense miedos, angustias y vaivenes de una existencia difícil. Es una montaña rusa, a decir verdad “húngara”, plasmada a latigazos por un Bartok enfermo terminal de leucemia en 1943. Obra que desafía a una orquesta de gran calibre, con arrollador ímpetu pintando una vida con sus valles, cumbres y abismos y desafío para un director que debe balancear con absoluta precisión a fin de no obliterar cada sección del ensamble, dando al mismo tiempo oportunidad de lucimiento a cada breve intervención solista.

Gracias a Gardner, la orquesta emergió triunfal. Especialista en música del período, el director posee una afinidad notable con los claroscuros violentos de Bartok, Schoenberg, Korngold, Berg y otros contemporáneos y esa afinidad se puso claramente de manifiesto en el resultado excepcional donde llevó a la joven orquesta a buen puerto. Ansiado refugio para anclar hasta la próxima temporada que llegará con el fin del verano y que ya se hace esperar. ¡Bravo!

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