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Viaje a una época más bella en un café-concierto en homenaje a Bola de Nieve

Carlos Silva, José Gregorio Hernández y el inmortal Bola de Nieve en “Si me pudieras querer… Un homenaje a Bola de Nieve”, que se presentó el domingo primero de marzo en el Westchester Cultural Arts Center (fotografía cortesía de Ismael Requejo).
Fue como si las agujas del reloj volvieran a una época más bella donde el tiempo se medía en pulsiones humanas y no por el mandato del algoritmo. El acontecimiento ocurrió la noche del domingo 1 de marzo, durante el espectáculo “Si me pudieras querer… Un homenaje a Bola de Nieve”.
La sala del Westchester Cultural Arts Center se había transformado para la ocasión, pues lucía como un café-concierto de la década de 1950, con mesas y luces tenues, ideales para crear una atmósfera de bohemia.
El espectáculo —presentado por Arca Images, Roxy Theatre Group y Miami-Dade County Auditorium— comenzó a asombrar a los espectadores desde la entrada del teatro, cuando José Gregorio Hernández irrumpió tocando el tambor y cantando “El manicero”. De vez en cuando se detenía para regalar bolsitas de maní, algo que el público festejaba mientras bailaba al ritmo de ese clásico de la música cubana.

Carlos Silva junto a una foto que retrata a Bola de Nieve de niño (fotografía cortesía de Ismael Requejo).
Una vez arriba del escenario, la banda estalló en un poderío sonoro ajustadísimo. Comandados por Alex Berti (contrabajo), los demás músicos —Félix Gómez (piano), Ismael Vergara (clarinete y saxo) y el propio Hernández (percusión)— hicieron gala de un virtuosismo que en ningún momento opacó las canciones, sino que fue el acompañamiento, a veces sutil, otras vertiginoso, que exigía cada pieza artística.
“A Villa [Bola de Nieve es un apodo convertido en nombre artístico; su verdadero nombre era Ignacio Jacinto Villa Fernández], lo molestaban en la escuela. Algunas veces lo hacían por ser negrito, otras por ser ‘gordo’… las más, por ser diferente. A mí también me decían ‘cuatro ojos’ o ‘perro ciego’, pero aquello no era comparable a su padecimiento. Le gritaban ‘Bola de Nieve’, entre otros improperios. Pero Villa aprendió a responder con sarcasmo, a usar el lenguaje como un dardo letal. No sé si al final se aburrieron, pero comenzaron a dejarlo en paz…al menos un poco”.

Alex Berti ejecutando el contrabajo y el pianista Félix Gómez (fotografía cortesía de Ismael Requejo).
Con estas palabras, el escritor y periodista César Miguel Rondón sumaba emoción al show. Semanas atrás, en un reportaje para este medio, el escritor y periodista venezolano confesaba que su rol no era el de maestro de ceremonias: “Soy un elemento más en el espectáculo, como si fuese otro instrumento en la partitura total. Recito unos hermosos textos de Carlos Silva. Mi participación está escrita, pautada. Digamos que me atengo a una partitura en la que tengo mis entradas y salidas, mi voz y mis silencios”.
Y así fue. Exacto, cálido, con una presencia soberbia que engalanaba un momento literario antes de cada canción y daba espacio al mundo de Bola de Nieve.
Una vez que terminaron los compases de “El manicero”, el escenario recibió al cantante Carlos Silva. Fue una idea inteligente del artista venezolano no querer imitar a Bola de Nieve, ya que, como todos sabemos, su singularidad es inimitable.

Ismael Vergara tocando el clarinete en el escenario del Westchester Cultural Arts Center (fotografía cortesía de Ismael Requejo).
Silva, por el contrario, fue algo así como un médium del cubano: a través de su voz, de tenor, transmitió la pasión delicada de Bola de Nieve, esa que, en ocasiones, arrastra una oscura soledad.
“Hoy que ya nos separan/la ley y la razón/si las almas hablaran/en su conversación/las nuestras se dirían/cosas de enamorados”, cantaba Silva y los versos de “No puedo ser feliz” golpeaban suavemente, como con un guante, los corazones de la audiencia en el Westchester Cultural Arts Center. En esta canción el saxo de Ismael Vergara se engarzaba perfectamente con la melodía.
Desde una pantalla que coronaba el escenario, cada momento del show estuvo acompañado de fotografías del pianista y cantante cubano. En una especie de cronología biográfica, se veía a un niño en edad escolar; luego, otra, ya de joven, junto a su piano de cola; otras más descendiendo las escaleras de un avión de la línea Pan American, cuando la fama internacional lo alagaba y quedaba muy atrás su vieja identidad para dar paso a Bola de Nieve, la leyenda.

Ismael Vergara tocando el saxo junto al percusionista José Gregorio Hernández y el pianista Félix Gómez en “Si me pudieras querer… Un homenaje a Bola de Nieve” (fotografía cortesía de Ismael Requejo).
Las canciones fueron pasando: “Drume negrita”, “Si me pudieras querer”, “Ya no me quieres”, “Chivo que rompe el tambor”, “Vete de mí” y “La flor de la canela”. Sobre esta última, la banda hizo una versión instrumental que sirvió para reafirmar la ductilidad de los músicos.
Luego, el maestro de ceremonias volvió a pisar el escenario. “A pesar de su tristeza, él afirmaba que sus momentos felices fueron siempre más abundantes y su humor característico lo ayudó a superar los momentos más duros. En España, un crítico le preguntó si tenía voz de barítono o de tenor. Él le respondió: ‘Yo tengo voz de persona’. También decía que los teléfonos eran negritos y que el más bien era color café o carmelita, ‘porque hasta cosas sagradas tengo en mi color’. Alternó sus últimos años de vida entre giras internacionales y actuaciones en el restaurante-cabaret El Monseñor, una especie de guarida mágica de La Habana donde Bola de Nieve podía dar rienda suelta a su histrionismo gracioso y profundamente expresivo”.

El maestro de ceremonias César Miguel Rondón, Ismael Vergara, Carlos Silva, Alex Berti y Félix Gómez en la noche del domingo (fotografía cortesía de Ismael Requejo).
A esta altura del espectáculo, Carlos Silva había llevado a los espectadores en un viaje sentimental, acompañado de cantos y aplausos. Después de “No quiero que me odies”, apareció grabada la voz de Bola de Nieve, un detalle que le dio más emoción al espectáculo: “Y así les digo buenas noches, buenas tardes o buenos días; y con mucho gusto estuve con ustedes hoy… y quién sabe… en otras fechas vuelva a estar y con el mismo gusto”.
Las canciones “Mesié Julián” y “Ay mamá Inés” cerraron una noche de emociones y calidad artística. Con los compases de este último tema, los músicos bajaron del escenario mientras el público, como en una procesión pagana, cantaba lleno de alegría: “Ay, mamá Inés/Ay, mamá Inés/todos los negros/tomamos café”.
Nada mal para estos tiempos tan extraños.
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