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DOS SOLISTAS EXCEPCIONALES SOBRESALEN CON LA ORQUESTA DE CLEVELAND EN MIAMI 

Written By Sebastián Spreng
February 7, 2024 at 3:35 PM

El violinista Nikolaj Szeps-Znaider y la Cleveland Orchestra bajo la dirección de Franz Welser-Möst.  Fotografía: Alex Markow (cortesía de Cleveland Orchestra)

La breve residencia de invierno que la Orquesta de Cleveland lleva a cabo cada temporada, ofreció sus acostumbrados tres conciertos 2023-2024 con la particularidad de contar con un director diferente en cada ocasión. En noviembre fue liderada por Stéphane Denève, la última semana de enero por su titular Franz Welser-Möst y por Karina Canellakis, el primer fin de semana de febrero.

Es siempre atractivo comprobar el rendimiento de una orquesta venerable como la Cleveland en su sede oficial del Knight Hall del Arsht Center. El regreso de su director titular, luego de una obligada pausa para someterse a tratamientos médicos, lo halló dirigiendo un Bruch y un Brahms de alto nivel. Como novedad absoluta abrió el programa un encargo que la orquesta hizo en 1999 a Oliver Knussen (1952-2018) y que tuvo su estreno americano en la sala, se trata de la inconclusa “Cleveland Pictures”, cuatro tableaux sinfónicos y una de las últimas obras del compositor escocés que “pinta” una visita al Museo de Arte de Cleveland. 

Las obras musicalmente ilustradas son “El pensador” de Rodin, “Calabazas” de Velásquez, “San Ambrosio” de Goya y “Dos relojes” de Tiffany y Fabergé, cabe decir que sólo quedan esbozos de los dedicados a Gauguin, Masson y Turner. Fueron quince minutos de música que posteriormente revisadas ya habían sido ejecutados en privado por el compositor en la NWS en 2008. Si en cierta medida convencionales, las típicas texturas y colores del irónico Knussen quedaron evidenciadas gracias a la minuciosa lectura de la orquesta.

Nikolaj Szeps-Znaider obtuvo un merecido triunfo gracias a su vigorosa lectura del “Primer concierto” para violín de Max Bruch. Una de las obras mas populares del repertorio romántico, no presentó escollos al violinista danés pertrechado con su Guarneri del Gesu (1741), sino todo lo contrario en vista de su lustroso sonido y eximia batería de recursos que hicieron del Adagio uno de los momentos memorables de la presente temporada. Con la misma intensidad, los fuegos de artificio del Allegro energico final y la feroz interacción con la orquesta desembocaron en una previsible ovación. 

La segunda parte del programa brindó una versión de la “Primera sinfonia” de Brahms de clara inspiración vienesa. Si severa y pulida al máximo (no hay duda que aún hoy en los “clevelanders” hay remanentes de la recia tradición teutona instaurada por el imperioso Georg Szell) el enfoque tan sedoso como suave impuesto por Welser-Möst crean un balance hacia una visión mas otoñal de la monumental obra brahmsiana. En el glorioso coral luterano del cuarto movimiento, sin olvidar los bronces “alpinos”, la rotunda elocuencia y lirismo de la Cleveland se alzó imperiosa para cincelar esta catedral de la música alemana.

Seong-Jin Cho (al piano) y la Cleveland Orchestra. Fotografía: Alex Markow (cortesía de Cleveland Orchestra).

Más breve, pero substancial, fue el último concierto que trajo los auspiciosos debuts con la Cleveland del pianista Seong-Jin Cho y de la directora Karina Canellakis, regente de la Orquesta de la Radio de los Países Bajos, otra de la jóvenes estrellas que en la lides femeninas vienen conquistando puestos de relevancia. 

El debut del joven coreano se suma a la constelación de pianistas visitantes esta temporada (Andsnes, Trifonov, Grosvenor, Ax, etc); su presencia marcó un debut importante y el deseo que pronto regrese. Vale destacar que como ganador del concurso Chopin 2015 a los 21 años, es uno de los grandes rivales de otros pianistas asiáticos como Yuja Wang, Lang Lang y el canadiense Bruce Liu, por citar sólo tres.

Seon-Jin Cho y Chopin forman una alianza ganadora, el pianista domina el lirismo del polaco con fluidez y elegancia proverbiales. Su lectura del “Segundo concierto para piano” – curiosamente el primero en orden cronológico firmado por un Chopin de 19 años – mostró su envidiable articulación y claro dominio de la arquitectura de la obra. Con el requerido dramatismo e impecable estilo dominó el primer movimiento aportando en el segundo una nitidez perlada a su fraseo imbuido de poesía y exquisitez. En el tercero, volvió su impresionante técnica no exenta de espiritualidad, una literal “aria di bravura” donde la pirotecnia estuvo al servicio del mensaje de la música, ahondando en lo que a veces puede resultar meramente incidental.

Delicioso, pero a menudo criticado por una orquestación débil, el Opus 21 puede relegar a la orquesta un segundo plano.  En este renglón, Canellakis supo balancear con justa mesura, no sólo acompañando al solista sino proveyendo un marco de suprema elegancia, cualidad inherente y natural de los clevelanders que respondieron sin el menor esfuerzo.

Como generoso bis, la Polonesa “Heroica”, la misma que coronó su triunfo en Varsovia en octubre del 2015, interpretada con la misma fogosidad y emoción de entonces.

La directora Karina Canellakis, regente de la Orquesta de la Radio de los Países Bajos, al frente de la Cleveland Orchestra. Fotografía: Alex Markow (cortesía de Cleveland Orchestra).

Concluyendo la noche eslava, Canellakis dirigió las “Danzas sinfónicas” de Rachmaninoff, última composición del ruso donde recopila sus períodos creativos, éxitos y fracasos, con arrobadora mirada nostálgica a la patria lejana y guiños a la música “moderna” de Stravinsky, Prokofiev y Shostakovich pero firmemente enraizada en sus amados Tchaicovsky y Rimsky Korsakov. 

Su única composición integramente escrita en los Estados Unidos fue originalmente ideada para ballet (rechazada por Mikhail Fokine y abandonada por el compositor entonces), pero afortunadamente revisada y resucitada hacia el final de su vida. Quizá su obra mas grandiosa, combinación del viejo y nuevo mundo, plena de misterio conlleva un cromatismo amplísimo, con referencias religiosas, pastorales y palaciegas brindando oportunidad de lucimiento al saxofón y al concertino, en esta oportunidad un notable David Radzynski. 

Precisa y enérgica, técnicamente irreprochable Canellakis plasmó una interpretación sin fisuras ni excesos donde una mayor dosis de fiereza no hubiera estado de más. No obstante, en los tramos finales, la ansiada contundencia emergió naturalmente para así convencer la concepción de la directora.

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