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Rosario Suárez, sublime y tangible como siempre… 30 años después

Written By Orlando Taquechel
June 23, 2025 at 11:06 PM

Rosario Suárez “Charín” en su casa de Coral Way, Miami. Fotografía: Salvador Gómez (cortesía).

La última vez que Rosario Suárez “Charín” (Cuba, 1953) actuó ante el público del Teatro García Lorca en La Habana, fue en marzo de 1994. Poco después, desertaba en España (un país donde no pudo quedarse a vivir pero al que ha regresado con frecuencia) y en agosto de 1995 llegaba a Miami.

La última vez que actuó ante el público de Miami fue en agosto de 2010, protagonizando una obra titulada “La última función” y escrita especialmente para ella por el dramaturgo Abilio Estévez.

“Una premonición”, así la ha rebautizado Charín, que amablemente nos recibe en su departamento de Coral Way una calurosa tarde de domingo, adonde llegamos con el inofensivo objetivo de conversar y celebrar que se acerca el aniversario número 30 de su arribo al sur de la Florida.    

Portada de una publicación de la época, con la noticia de su llegada a Miami. Fotografía: archivo personal de Rosario Suárez (cortesia)

En una carrera tan breve como la de los bailarines de ballet, que suelen retirarse alrededor de los 40 años de edad, la “última función” no es un suceso terminal sino un evento anticipatorio. Es el prólogo de una segunda carrera.

En una entrevista reciente para The New York Times, otro grande del ballet, Mikhail Baryshnikov, al rememorar su deserción de otro régimen tiránico (el de la hoy desaparecida Unión Soviética), y su posterior viaje a los Estados Unidos, dijo: “Yo tenía 26 años. Eso es ser de mediana edad para un bailarín clásico”.

“Esto se hace de joven o no se hace”, proclama la mítica bailarina, sentada junto a su gata Choco, y teniendo como fondo una pared con fotos impactantes de algunas de sus más entrañables actuaciones que le regalaron, ya montadas, unos amigos también cubanos, “que ahora viven en España y a quienes recuerdo con mucho cariño, porque pasamos muy lindos momentos juntos cuando puse mi escuela por primera vez en 1998, en la calle 8”.

Rosario Suárez en “Diálogos del Alma”, un espectáculo de Anna Cuoccolo (Madrid, 2000). Fotografía: ©Pedro Portal (cortesía).

Algunas compañías de ballet promueven la jubilación obligatoria, pero ese no era el caso en Cuba. En su despedida de los escenarios en 1995, Alicia Alonso estaba a punto de cumplir 75. “A mí me interesaba mucho ver bailar a Alicia”, cuenta Charín. “Yo iba al escenario para mirarla de costado, porque ella tenía una inteligencia increíble para lidiar con lo imposible”.

Rosario Suárez llegó a Estados Unidos a los 42 años y bailó de forma espléndida hasta los 57, pero siempre teniendo claro que estaba actuando con tiempo prestado y que cada función la acercaba a la inevitable reorientación laboral. “Somos corredores de corta distancia, porque tenemos que darlo todo en poco tiempo, incluso una variación, dura apenas un minuto o minuto y medio”.

Rosario Suarez y Perfecto Uriel, Premio Cultura y Crítica del Ballet en el XXIX Festival Internacional de Ballet de Miami, el 9/8/2024 en el Miami Hispanic Cultural Center, durante la entrega de uno de sus trajes como donación para el Museo de la Casa de la Danza de Logroño,  España. Fotografía: Juan David Ferrer (cortesía).

En 2002 exploró la coreografía y aunque su “Cecilia Valdés”, estrenada en octubre de ese año en el Miami-Dade County Auditorium de La Pequeña Habana, fue un triunfo enorme (“pocos saben que el pas de deux con Leonardo lo montó Alberto Méndez”, confiesa), ella prefirió dedicarse de lleno a la enseñanza.

“Como maestra he aprendido mucho”, afirma complacida. “No sé si hubiera aprendido más no enseñando, sino dando lo que tengo a profesionales. Pero no lo sé, porque no lo he hecho”.

“Yo quería volar… pero siempre traté de volar con el mayor respeto a las willis y a las sílfides”, dice Rosario Suárez, muy cerca del cielo de Miami. Fotografía: ©Pedro Portal (cortesía).

Si eres maestro o maestra de ballet, un tema obligado es la técnica.  “La técnica para mí, fue siempre un reto y un placer”, afirma. “Era algo que me producía regocijo, y todavía yo puedo explicar un paso con esa misma sensación de bienestar, porque algo que no tiene paralelo con nada es el disfrute de tu propio cuerpo. Sentir como una idea pasa por tu corazón y sigue al resto del cuerpo”. Y puntualiza, “porque en el aprendizaje técnico deben participar tu cuerpo y tu corazón”.

Charín recuerda que en sus tiempos de estudiante, ningún maestro se detuvo para decirle por qué tenía que hacer lo que ese maestro quería que hiciera.  “Yo, sencillamente tenía que tratar de hacerlo. Teníamos tanta fe en los maestros que nos preocupaba cuando el maestro no nos decía lo que estaba mal”.

Pero este es un momento histórico diferente. “Por un lado, los estudiantes se sienten ‘presionados’ con la ‘exigencia’ para hacer algo enseguida. Y por el otro, yo he tenido que aprender que no se tiene fe en lo que yo voy a decir y que lo que yo voy a decir tiene que tener una base totalmente científica que, además, se la tengo que explicar, incluso a niños de 9 años. Lo que yo hice por disciplina, no lo puedo conseguir aquí por disciplina, porque le das clases a personas que quieren bailar junto a otras que ya saben que se van a dedicar a otra cosa después”.

Según Rosario Suárez, “en el aprendizaje técnico deben participar tu cuerpo y tu corazón”. Fotografía: ©Pedro Portal (cortesía).

“La forma en que ahora tienes que acercarte a los estudiantes es muy difícil para mí porque he tenido que enseñar cosas que yo no sabía. O sea, ellos me han hecho investigar muchísimo cómo resolver los problemas que no están resueltos por disciplina. ‘A mí ningún maestro me dio tantas explicaciones’, le reclamo con cariño a mis alumnos”.

Hablamos entonces de cuando coincidimos en la presentación de la biografía de Alexei Ratmansky en la librería Books & Books de Coral Gables, donde el propio Ratmansky dijo que cuando uno se preparaba en la Unión Soviética, te hacían creer que la única manera de hacer las cosas, era tal y como te lo estaban enseñando. Pero que al visitar otros países te das cuenta de que hay mucha gente que piensa lo mismo sobre lo que aprendieron donde se formaron. “Yo pienso que eso es precioso”, exclama divertida.

Rosario Suárez, el 30/12/2024, de visita en el Museo de la Casa de la Danza en Logroño, España. Fotografía: Kristina Zaidner (cortesía).

Algo parecido siguen sintiendo muchos de los que estudian ballet en Cuba, así como el público que se acostumbró a ver ballet en La Habana en las últimas cuatro décadas del siglo XX. Una experiencia colectiva abiertamente escapista que en Miami se magnifica y se recuerda con mucha nostalgia.

Charín se emociona al intentar explicar las motivaciones de ese público. “Había una necesidad enorme en el público porque había carencia de belleza, de fantasía y de esperanza. Muchas cosas estaban pasando en Cuba y yo pienso que todo eso determinaba la forma en que el público llegaba al teatro con la ilusión de ver una función. Yo creo que para el público era muy importante comparar un día con otro, una bailarina con otra, un ballet con otro. Conozco que algunos buscaban incluso la manera de vestirse para la ocasión y sentían que les iba la vida en todo eso”.

Rosario Suárez junto al Maestro Fernando Alonso, padre de la escuela cubana de ballet. Fotografía: ©Pedro Portal (cortesía).

Y a sus admiradores de entonces, a los que dice estar eternamente agradecida, les provee una excusa por el desborde emotivo expresado ante sus actuaciones.  “Yo pienso que hay algo de culpabilidad en mí. Porque yo creo que tenía entonces un problema de energía. No es que yo hiciera más que lo que se hace hoy en día. Yo no saltaba más alto de lo que se salta hoy en día, yo no hacía más virtuosismo de lo que tú ves hoy en día”.

Pero todos los que la vimos bailar en el esplendor de su belleza y talento, sabemos que la excepcionalidad de su fuerza comunicativa en escena nunca fue una cuestión de exceso de energía sino de la proyección de una distintiva cualidad emblemática, indescifrable, única e irrepetible, que la hacía ser admirada como la presencia sublime y tangible que todavía es.

Póster promocional de “La última función” (cortesía del archivo personal de Rosario Suárez).

A punto de terminar nuestra conversación, mencionamos a “el elefante en la habitación” de los bailarines y maestros de ballet cubanos en el extranjero: la escuela cubana de ballet.

“He oído a gente que reniega de la escuela cubana después de llegar aquí y hacer otro estilo”, reflexiona la que es, sin duda alguna, uno de sus máximos exponentes.  “Y no estoy de acuerdo, porque no hay manera de que podamos ser iguales a tanta distancia los unos de los otros. No cabe la menor duda de que tenemos cosas que otros no tienen, y esas no se pueden olvidar”.

“Yo me dejo permear”, concluye, “pero siempre me gusta pensar en eso, me gusta pensar que lo hago sin faltar el respeto a lo que aprendí. Lo mismo hice cuando bailé y quería saltar muy alto.  Yo quería volar… pero siempre traté de volar con el mayor respeto a las willis y a las sílfides”.

Y con esa imagen nos quedamos al despedirnos, porque Charín tiene que preparar su clase para un curso intensivo de verano en el que participa como profesora.

 

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