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El mensaje de amor presente en el Winter Mix del Miami City Ballet

Hannah Fischer, Steven Loch y Mayumi Enokibara en “Coincident Dances”, de Pam Tanowitz. Fotografía: Alexander Iziliaev (cortesía de Miami City Ballet).
“Winter Mix”, el segundo programa de la temporada de Miami City Ballet, lanzó un mensaje de amor a la danza en la noche de San Valentín, el pasado 14 de febrero, en el Arsht Center for the Performing Arts. Dos obras fuera de lo común del repertorio de George Balanchine y un estreno fuera de serie de la coreógrafa contemporánea Pam Tanowitz nos dejaron disfrutar de un arte que provoca fuertes emociones en cualquier fecha del año.
Abrió el programa con “Walpurgisnacht Ballet”, un surtido de bailarinas como en una cajita de dulces. Ellas lograron enamorarnos con un derroche de veloces recorridos, piruetas, y saltos traviesos, desde la exquisitez a la exuberancia, con música de la ópera “Fausto” del compositor romántico francés Charles Gounod (de 1859, con la sección del ballet añadida una década después). En esos despliegues sentimos los flechazos de una belleza que el coreógrafo pudo afilar como acertado Cupido.

Taylor Naturkas en “Walpurgisnacht Ballet”, de George Balanchine. Fotografía: Alexander Iziliaev (cortesía de Miami City Ballet).
Aquí la exigente modalidad clásica de Balanchine se ajusta—y sorprende—con un cambio de tono, del refinado avance de las bailarinas pasando a un juego de amazonas. El coreógrafo mantuvo un interés en esta partitura a través de su carrera usándola para crear danzas en producciones de la Ópera de Monte Carlo (1925), la Ópera Metropolitana de Nueva York (1935), la Ópera Nacional de México (1945), y el Teatro Nacional de la Ópera de París (1975), preámbulos del presente ballet revisado como obra independiente para el New York City Ballet en 1980.
En rosa, lila, nácar, con una solista en azul cielo, el conjunto se agitaba en preparativas de la entrada de la pareja principal, Samantha Hope Galler y Stanislav Olshanskyi, vestidos de blanco puro. Tal campo primaveral dejó ver el vigor de cada flor. Entre ellas Mayumi Enokibara y Nicole Stalker, con alegre vaivén, parecían flotar como brisa de música. Taylor Naturkas, ligera en su tul celeste, se destacó con agrados dignos de primera bailarina.

Samantha Hope Galler y Stanislav Olshanskyi en “Walpurgisnacht Ballet”, de George Balanchine. Fotografía: Alexander Iziliaev (cortesía de Miami City Ballet).
Galler y Olshanskyi confirmaron su autoridad. Con nobleza y soltura cierta, Olshanskyi fue un consorte sin alardes pero de gran confianza que amplifica el brillo de la Galler, diamante de alto quilate. Con aplomo, la experimentada artista sacó lo mejor de los pasos en puntas, las vueltas sostenidas, y las poses de princesa. Y en una variación daría pequeños saltos puntillosos y, con juegos de brazos, sacaría del aire los tonos de la orquesta.
Sus acompañantes entran entonces en calentura gitana, apoderadas por el espíritu folclórico de un extracto musical. Un poco después, pero cerca de esa fogata figurativa, aquellas señoritas al principio tan medidas invadieron el escenario — el cabello suelto—convertidas en bacantes dando saltos. Animadas por el prestíssimo de la música, subrayan que el título de este ballet se refiere a la víspera del primero de mayo cuando, entre conjuros, las brujas celebran su máximo aquelarre. Pero ningún hechizo sería más potente que el de estas bailarinas.

Los bailarines de Miami City ballet en “Coincident Dances”, de Pam Tanowitz. Fotografía: Alexander Iziliaev (cortesía de Miami City Ballet).
“Coincident Dances”, el estreno mundial de Pam Tanowitz, nos dejó ver un curioso desfile donde el ballet se mezcla con tendencias foráneas, metáfora tal vez de la multiplicidad que caracteriza nuestro panorama urbano.
La línea vertical del ballet aquí se altera repetidas veces cuando los bailarines mueven las caderas o doblan las cinturas para empinarse. Avanzan también algunos de ellos por el suelo como artrópodos (Rui Cruz, por ejemplo, con llamativa maña). El port de bras se puede transformar en una rotación de hélices, y los bourrées de las bailarinas en puntas las apresuran hacia pausas donde disparan pasos de tap.
Todo empieza con los siete hombres, quietos en silueta contra el fondo del escenario iluminado en dorado como de sol naciente, y las ocho mujeres al frente, también en fila pero despertándose a los impulsos de la música. Dos composiciones de Jessie Montgomery, “Starburst” y “Coincident Dances”, chispean con frases de violín y flauta y traen un traqueteo de percusión.

Hannah Fischer en “Coincident Dances”, de Pam Tanowitz. Fotografía: Alexander Iziliaev (cortesía de Miami City Ballet).
En la coreografía se detecta un individualismo decisivo, los integrantes en marcha como para llenar algún cometido. Pero el elenco también se presta para tríos y dúos amistosos: Chase Swatosh como galán callejero, por ejemplo, guiando a sus compañeras, y Steven Loch y Cameron Catazaro intercambiando miradas fijas como tanteando emociones intensas. En un breve encuentro Dawn Atkins y Hannah Fischer se reconocen entre sí como admirables atletas.
Fischer surge de ese modo, una figura candente de “Coincident Dances”. Hacia el final ella cambia su geométrico y bicromático atuendo, que en diferentes tonos llevan todos los bailarines, por un leotardo de una pieza rojo. Así estalla en un solo que la lleva a descansar recostada contra un lado del proscenio, poniéndole punto final al ballet como sumida en ensueños después del carnaval.

Steven Loch y Hannah Fischer en “La Valse”, de George Balanchine. Fotografía: Alexander Iziliaev (cortesía de Miami City Ballet).
El talento versátil de esta artista se comprobó al verla protagonizar —en su clasicismo, regia— “La Valse”, obra de George Balanchine que data de 1951. En el preámbulo, tres mujeres toman poses como en las revistas de moda, excéntricas con las manos flexionadas y juguetonas al alzar las capas multicolor de sus faldas como si removieran espuma. Pero tanta elegancia y vanidad no deja de sugerir algo oscuro. ¿Qué es lo que pronostican estas Parcas de salón?
Resulta que, después que tres parejas se regocijan a través de los “Valses nobles et sentimentales” de Maurice Ravel (entre todos, Brooks Landegger se destacó en plena lozanía con Ashley Knox), la fiesta da lugar a un encuentro amoroso algo raro y nervioso (Fischer, en blanco, inquieta y majestuosa, con Cameron Catazaro, apuesto y altanero).

Cameron Catazaro y Hannah Fischer en “La Valse”, de George Balanchine. Fotografía: Alexander Iziliaev (cortesía de Miami City Ballet).
La sección musical que le da título a la obra entonces declara, entre punzadas, que va a brotar un arrebato rítmico en el cuerpo de baile, dejando que lo tétrico se imponga.
Es entonces que Steven Loch, bailarín de distinguida presencia dramática, aparece entre cortinas brevemente para observar la danza como ave de rapiña. Con ímpetu conquistador regresa a capturar a Fischer, venciéndola con joyas y la energía de un Svengali. Entre sus garras, precipitada dando vueltas, la dama en blanco, ahora adornada de negro, cae muerta. Los enloquecidos por el vals la rodean y la alzan como si fuera un memento mori, recordándoles hasta a los más afortunados en el amor que la fiesta no dura para siempre.
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