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Apogeo estrena una obra de reposada belleza con José Martí como protagonista

Written By Orlando Taquechel
October 14, 2026 at 3:12 PM

De izquierda a derecha: Eleni Gialas (Frida Kahlo), Ariel Morilla (José Martí), Natalie Álvarez (La Catrina) y Cynthia Ham (Carmen Zayas-Bazán) en el ballet “Sueño con Martí en la Alameda”. (Fotografía de Abelardo Reguero, cortesía de Apogeo).

Para celebrar el mes de la herencia hispana, se presentaron en el Lehman Theater del North Campus del Miami-Dade College dos funciones de “Sueño con Martí en la Alameda”, un nuevo ballet inspirado en la vida del prócer cubano José Martí (1853-1895) y en su relación con México.

Una obra en un acto, con un libreto original sumamente imaginativo de Baltasar Santiago Martín (Matanzas, Cuba, 1955) y la música impactante del compositor mexicano Silvestre Revueltas (1899-1940).

La puesta en escena es el resultado de una iniciativa de Apogeo Foundation Global Public Art Inc. —fundada por Martín en 2009—, en estrecha colaboración con el Cuban Classical Ballet of Miami (CCBM), bajo la dirección artística de Eriberto Jiménez, creador de la coreografía.

Eleni Gialas (Frida Kahlo) y Ariel Morilla (José Martí) en “Sueño con Martí en la Alameda”. (Fotografía de Abelardo Reguero, cortesía de Apogeo).

“Sueño…” —reservado para el final— era el plato fuerte de un programa que incluyó otras tres obras breves: “Lecuona Suite” y “Habaneras”, de Jiménez; y “Dreams” (“Sueños”), un solo creado e interpretado por Carlos Realegeno.

Las obras de Jiménez son dos buenos ejemplos de la manera de hacer del coreógrafo colombiano: el predominio del legato, la sobriedad en el trazo y la simplicidad en el vocabulario. “La simplicidad es la clave de la verdadera elegancia”, dijo Coco Chanel alguna vez.

Natalie Álvarez, Eleni Gialas y Cynthia Ham en “Lecuona Suite”, coreografía de Eriberto Jiménez. (Fotografía de Abelardo Reguero, cortesía de Apogeo).

En “Lecuona Suite”, tres bailarinas desenvueltas (Natalie Álvarez, Eleni Gialas y Cynthia Ham) son un deleite para la vista y proyectan con esmero la cubanía de la música de Ernesto Lecuona.  En “Habanera”, con música de Ignacio Cervantes, es evidente la idoneidad expresiva de las encantadoras Graceanna MacKaron, Natalia Rocamonde, Natalia Uribe y Alexandra Werble. Óscar Medina las acompaña en perfecta sintonía.

Por su parte, la obra de Realegeno aporta variedad al programa y constituye una excelente carta de presentación para este joven creador de ballet contemporáneo, poseedor de una admirable lucidez emocional.

Carlos Realegeno en “Dreams”, un solo de su propia creación. (Fotografía de Abelardo Reguero, cortesía de Apogeo).

Sin intermedio alguno, pero con el telón abierto y tras escuchar a una voz en off que lee las notas del programa, tres siluetas en sombra entran y se colocan en el centro del escenario.

Con la súbita introducción de la música de Revueltas y la proyección en el telón de fondo de la imagen del célebre mural de Diego Rivera, “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”, se inicia la obra.

Todos los personajes del cuadro desaparecen, excepto José Martí, Frida Kahlo y La Catrina, y comprobamos que las siluetas correspondían a los bailarines encargados de interpretarlos:  Ariel Morilla, Eleni Gialas y Natalie Álvarez.

Natalia Uribe y Óscar Medina en “Habaneras”, coreografía de Eriberto Jiménez con música de Ignacio Cervantes. (Fotografía cortesía de Salvador Gómez).

En “Sueño…”, Martín sanitiza las situaciones difíciles vividas por su protagonista, como ya hizo con Alicia Alonso en la novela biográfica que escribió sobre la diva, y recurre a lo fantasioso (Frida y Martí coinciden en tiempo y lugar; La Muerte/La Catrina acompaña a Martí en Dos Ríos). En este caso, para evitar que el sueño se convierta en una pesadilla.

Pero la vida de héroe de Martí es archiconocida y, al despojarlo del arco de desarrollo que lo define, el resultado es un personaje desapegado que no impulsa la trama.

Eleni Gialas (Frida) y Ariel Morilla (José Martí) en “Sueño con Martí en la Alameda”. (Fotografía de Abelardo Reguero, cortesía de Apogeo).

En la primera parte, vemos al Martí idolatrado por la élite de la izquierda mexicana (Diego Rivera, Frida Kahlo). 

En la segunda, Martí conoce a la camagüeyana Carmen Zayas-Bazán en el exilio; se casan en la Catedral de México, tienen un hijo, regresan a Cuba, visitan Camagüey —de ahí los tinajones— y viajan a Nueva York, donde acaban separándose.

En la tercera y última parte, regresa La Catrina, que Martín ahora identifica como La Muerte. Martí escribe, pero La Muerte lo acompaña.

Un momento más tarde, se ilustra una escena en la que Martí y Máximo Gómez se encuentran en un campamento del Ejército Libertador de Cuba. Los libros de historia cuentan que, en desacato a una orden de Gómez, Martí avanzó hacia la línea de fuego, cabalgando un llamativo caballo blanco.

Ariel Morilla (José Martí) y Cynthia Ham (Carmen Zayas-Bazán) en “Sueño con Martí en la Alameda”. (Fotografía de Abelardo Reguero, cortesía de Apogeo).

Aparece la frase “las palmas son novias que esperan” y Martí parece abrazar su destino al bailar con La Muerte.  Un planteamiento sugerente que, lamentablemente, carece de intensidad épica.

Por suerte, Martín resuelve enseguida el problema con una breve escena que funciona como desenlace y epílogo.

La manada de caballos blancos en la imagen de fondo le otorga a esa última escena un aura de ‘ballet blanco’ que emociona y entusiasma, al imaginarnos la posibilidad de un cierre espectacular, si alguna vez Jiménez considera reponer “Sueño…” con un mayor número de bailarines.

La soprano Marinel Cruz como Carmen Zayas-Bazán, en una aparición especial en “Sueño con Martí en la Alameda”. (Fotografía de Abelardo Reguero, cortesía de Apogeo).

Carmen, Frida y La Catrina (no la Muerte) rodean a Martí. Regresa la imagen del mural. Frida y La Catrina invitan a Martí a que las acompañe. Carmen rechaza la idea y abandona la escena. Frida, La Catrina y Martí regresan al mural y así termina el sueño y la función.

La razón por la que La Catrina acompaña a Martí como La Muerte es una atractiva licencia creativa, pero también una excentricidad, dado que la relación de los cubanos con la muerte es completamente distinta de la de los mexicanos. 

De todas formas, la autoridad interpretativa de Natalie Álvarez —cortesía del CCBM— como La Muerte/La Catrina hace que cualquier reclamo quede en la nada.

Ariel Molina (José Martí) y Natalie Álvarez (La Muerte/La Catrina) en “Sueño con Martí en la Alameda”. (Fotografía de Abelardo Reguero, cortesía de Apogeo).

En el contexto del montaje escénico, hay que agradecerles al Martí de Ariel Morilla (cortesía de Dimensions Dance Theatre of Miami) y a la Frida de Eleni Gialas la desenvoltura que ilumina la primera escena.

El Martí de “Sueño…”  quizá sea un personaje anémico, pero Morilla es, en todo momento, una presencia galante imposible de ignorar.

En las escenas en las que no sabemos con exactitud qué piensa Martí, la actuación a flor de piel de Cynthia Ham como Carmen Zayas-Bazan nos hace prestar atención a lo que ocurre. 

Para ilustrar su condición de esposa abandonada y de madre soltera al cuidado de su hijo, el personaje se desdobla y Ham comparte una escena con la soprano Marinel Cruz, quien ofrece una interpretación magnífica de una nana de Federico García Lorca, también con música de Revueltas. Juntas, logran un momento de conmovedora intensidad emocional.

De izquierda a derecha: Marinel Cruz, Eleni Gialas, Ariel Morilla, Natalie Álvarez y Cynthia Ham al finalizar la primera función de “Sueño con Martí en la Alameda” en el Lehman Theatre del North Campus del Miami-Dade College. (Fotografía de Abelardo Reguero, cortesía de Apogeo).

Por último, es imperativo destacar la belleza reposada que da vida a la paradoja de la coreografía de Jiménez para “Sueño…”: abiertamente utilitaria pero de refinamiento inefable. Este es un logro fascinante porque Jiménez consigue que la falta de pretensión sea lo que facilita la manifestación de la excelencia en el desempeño de los bailarines.

En resumen, “Sueño con Martí en la Alameda” es un éxito para Apogeo y un trabajo en equipo encomiable, porque la dramatización biográfica es siempre un desafío de gran envergadura y, en este caso, el producto final tiene un muy buen nivel.

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