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A propósito del regreso de ‘Turandot’ con la Florida Grand Opera

Written By Sebastián Spreng
March 3, 2026 at 2:00 PM

La Florida Grand Opera presenta “Turandot” en el Arsht Center de Miami y en el Broward Center de Fort Lauderdale. Fotografía: escena del primer acto, cortesía de la Florida Grand Opera.

La notable soprano polaca Aleksandra Kurzak, celebrada como Liu, ahora se adentra en la escarcha de Turandot frente a su Calaf de la vida real, el divo Roberto Alagna, con la Florida Grand Opera.

Para una soprano cuya carrera se ha cimentado en la agilidad, el fraseo esmaltado y una musicalidad de línea belcantista, Turandot no es simplemente un cambio de repertorio: es un desplazamiento tectónico. La escritura pucciniana exige no solo volumen, sino masa sonora; no solo altura, sino proyección acerada sobre una orquesta en combustión permanente.

Kurzak, que ha sabido graduar su instrumento con inteligencia estratégica, enfrenta aquí la prueba de transformar el lirismo en autoridad sin sacrificar el esmalte; de convertir la pureza del centro en filo dramático; de hacer del hielo no una pared sino un prisma.

La presencia de Alagna añade una capa adicional de interés y de riesgo. Las parejas reales en el escenario operístico siempre han tentado a la alquimia: la química privada puede encender la escena o desestabilizarla.

Calaf no es un compañero complaciente; es un conquistador vocal que irrumpe tarde y reclama la noche con un aria que el público espera como si fuera un himno nacional. En ese contexto, Turandot debe imponerse no por mero caudal, sino por magnetismo. La verdadera batalla no es de volumen, sino de foco: quién concentra la energía del teatro cuando ambos cantan al límite de la resistencia.

Aleksandra Kurzak es Turandot. Fotografía: cortesía de la Florida Grand Opera.

Para la Florida Grand Opera, la apuesta también tiene un matiz simbólico. Presentar a una Turandot en evolución —no aún fosilizada en la categoría de “soprano dramática de acero”, sino en tránsito— devuelve al papel su dimensión de peligro. Turandot no debería sonar cómoda; debería sonar conquistada a pulso. Si Kurzak logra que la crueldad inicial respire, que el dúo final no sea mera capitulación sino una transformación audible, habrá hecho algo más que añadir un título pesado a su currículum: habrá negociado su propio tratado con la altura.

Y ahí reside el atractivo persistente del personaje. Cada nueva intérprete reabre el expediente: ¿es Turandot un muro o un espejo? ¿Un Everest o una ilusión óptica? Las respuestas cambian con cada voz. Lo único constante es la gravedad. Porque, como recordaba Brigit Nilsson con ironía de glaciar, conviene mantenerse cerca del suelo. Si la caída llega —y en este repertorio siempre acecha—, al menos será más breve. En la ópera, el riesgo es el precio de la soberanía.

En “Turandot”, Giacomo Puccini creó la tormenta de hielo más glamorosa del repertorio. El papel dura apenas veinte minutos; la preparación puede consumir una carrera. Turandot es menos un personaje que un riesgo profesional: el equivalente vocal del Everest, solo que los sherpas están fuera de escena y la avalancha llega en si mayor. Las sopranos afrontan la volatilidad como los gestores de fondos de cobertura: con terror, bravuconería y la firme convicción de que esta vez será distinto.

Puccini sitúa a su princesa entre las absolutistas de la ópera —prima de Abigaille, interlocutora espiritual de Brünnhilde y Elektra—, pero con un giro moderno: debe dominar una ópera que apenas habita. Cuando aparece a mitad del segundo acto, el coro y la orquesta ya han dado un golpe sonoro. Luego, el tenor emprende su vuelta olímpica aeróbica con “Nessun dorma” y clava su bandera en territorio ajeno mientras el público tararea. Tras semejante usurpación, ninguna déspota que se respete dormiría. Que nadie duerma, en efecto. La princesa debe recuperar la velada y recordar a todos de quiénes eran los enigmas.

Roberto Alagna es Calaf.  Fotografía: cortesía de la Florida Grand Opera.

Los biógrafos, siempre atentos al escándalo, han vinculado la crueldad de Turandot con el melodrama doméstico de Puccini. El compositor, que amasó fortunas ablandando sopranos bajo los nombres de Mimì, Suor Angelica, Manon y Butterfly, parece aquí coquetear con la revancha.

La inocente Liù sangra; el público llora; la princesa de hielo se queda con la corona y sin simpatía. Una inversión pulcra. Si la ópera es terapia, esta es la sesión en la que el terapeuta se declara enfermo.

Puccini murió en 1924, dejando la partitura inconclusa justo después del suicidio de Liù. En el estreno en el Teatro alla Scala, dirigido por Arturo Toscanini, la música se detuvo donde se había detenido la pluma. Dos divas se disputaron de inmediato el vacío: Rosa Raisa reclamó Milán; María Jeritza aseguró la Metropolitan Opera.

Puccini había confesado indiscretamente que “soñaba con Jeritza en ‘Turandot’”, un comentario ideal para mantener en plena forma las rivalidades entre las sopranos. El imperio se dividió. Prevaleció la diplomacia. No hicieron falta enigmas. Corría 1926. Hace cien años.

Los anales de quienes se dejaron tentar por la fama temprana a través de Turandot parecen un cuento de hadas con moraleja.

A los veintiséis años, María Callas se arrojó al papel veintitrés veces, instrumento volcánico enroscado como tigre de pasarela. Su reinado duró apenas una década; su mitología crece cada año. En su disco de arias de Puccini de 1954 evoca a la hija del legendario rey de Turán con asombrosa viveza, convocando ancestros desérticos y el relato persa fijado por Nizami Ganjavi  en “Las siete bellezas”.

“Turandot”, en la puesta en escena de la Florida Grand Opera. Fotografía: cortesía de la Florida Grand Opera.

La historia viajó de la tradición oral a los salones de François Pétis de la Croix, a la pluma de Friedrich Schiller, al teatro de Carlo Gozzi, a la ironía de Ferruccio Busoni e incluso al filo político de Bertolt Brecht, antes de encontrar a su cronista musical supremo en Lucca. La Turandot de Puccini — que la pronunciaba “Turando”, sin la “t” final, como recordaba con fiereza imperial Eva Turner— fue la que perduró.

Luego llegaron las valquirias. Y la suprema Brigit Nilsson instaló la calefacción central en el palacio de hielo. Desde fines de los años cincuenta, sus agudos caían como misiles teledirigidos. “Isolda me hizo famosa —decía—, pero Turandot me hizo rica.”  Junto al explosivo Franco Corelli soportó rumores de mordiscos escénicos y respondió con humor escandinavo: informó al Met que había contraído “rabia”. Hasta los glaciares, al parecer, pueden sonreír.

Como siempre, el público aguarda los tres enigmas. Pero el mayor enigma es por qué alguien se ofrece voluntario. Tal vez porque toda soprano, en algún momento, desea ser a la vez suplicante y soberana: implorar como Calaf y mandar como Turandot. El salto es vertiginoso, el aplauso embriagador, el riesgo considerable.

Nilsson, que sabía algo sobre sobrevivir en las alturas, ofrecía un consejo digno de montañeros y monarcas: mantenerse cerca del suelo. Así, al menos, la caída es más corta. En la ópera, la gravedad es la única fuerza más fiable que el ego.

QUÉ: “Turandot” de Giacomo Puccini, presentado por Florida Grand Opera

CUÁNDO: marzo 7 (sábado) a las 7:00 p.m.; marzo 10 (martes) a las 8 p.m.; marzo 8  (domingo) a las 3 p.m. (en Miami); y marzo 26 (jueves) y 28 (viernes) a las 7:30 p.m. (en Fort Lauderdale).

DÓNDE: Ziff Ballet Opera House del Adrienne Arsht Center (1300 Biscayne Boulevard, Miami, FL 33132) y en el Au Rene Theater del Broward Center for the Performing Arts  (201 Southwest 5th Avenue, Fort Lauderdale, FL 33312).

PRECIO: $270 a $25, en  https://tickets.fgo.org/Tickets/EventDetails.aspx?id=2502

PARA MÁS INFORMACIÓN: visite https://fgo.org

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