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‘Azul Distancia’: exposición personal de Marisabela Tellería en la galería Piero Atchugarry

Vista panorámica de la exhibición Azul Distancia | A Distant Blue, en la galería Piero Atchugarry. (Fotografía de Francesco Casale, cortesía de la artista).
Un azul, un violeta, un gris o un blanco. Un color en transición, a punto de revelarse, de ser percibido, en el umbral entre lo no visto y lo visto, lo amorfo y difuminado que permanece así tal cual, como un estado de ánimo, es el epicentro de la obra de la artista Marisabela Tellería.
Ahí vuelve una y otra vez, sea o no su punto de partida, al estudio de la luz, del material y de la percepción sensorial, hasta lo más biográfico. Basta con llegar a las salas de exposición de “Azul Distancia|A Blue Distance”, su más reciente exposición personal, en la galería Piero Atchugarry, para atestiguar este hecho.

Marisabela Tellería, serie de pinturas creadas a partir de estáticas del cielo, 2026. Más que registrar un momento preciso, a través de estas pinturas de tul y malla sobre madera, la artista explora la relación entre la psicología del color y los estados de ánimo. (Fotografía de Francesco Casale, cortesía de la artista).
Sus colores adquieren además profundidad. Vibran, se mueven, dibujan y desdibujan mapas y paisajes, posiciones y miradas que convergen en el cielo. Se tornan azules, con ese “azul distancia” que Tellería asocia con el nómada que se acerca a su tierra cuando se aleja, y viceversa. Más que color, es una sensación que se repite idéntica en su intensidad, pero mutante en la óptica, el lenguaje y el afán de explicar lo vivido.
Aunque la identidad en “Azul Distancia” no tiene límites, Nicaragua es la tierra que la inspira.

Marisabela Tellería, “Nocturno” (Detalle), 2006. El azul, cuando va cayendo la noche, se vuelve violeta, rojo, naranja, un mar de colores que se funden horizontalmente, casi como si fuese la vibración de una misma materia. (Fotografía de Francesco Casale, cortesía de la artista).
Aparece literalmente en la sala de exposición, en un pequeño frasco con el grabado “Don’t Forgetta” (2026), la frase que da título a la obra. Un amigo de Tellería, por accidente, trajo la tierra en ese frasco. Ya venía así.
Es un eslogan de la marca de conservas Mezzeta que el azar resignificó. Su obra fue instaurar, darle un lugar allí en la galería, a esa serie de eventos fortuitos que le pusieron en sus manos la reliquia-mensaje. A esta la rodean siluetas, colores, mapas que se desdibujan.
“Des-Tierra 2” (2026), por ejemplo, es una instalación de veintiún cuadros de seda a los que la artista transcribió las siluetas del mapa de Nicaragua. Contactó a varios de sus coterráneos y les pidió que le dibujaran y le enviaran por WhatsApp una foto del mapa que recordaban. Luego, las reprodujo.

Vista de fondo de la sala de exhibición. En primer plano, la obra “Blanco” (2026); en segundo plano, la videoinstalación “Un cielo” (2026). En la primera, pequeños cuadernos blancos evocan pasaportes que solo contienen huellas digitales borrosas como marca de identidad. (Fotografía de Francesco Casale, cortesía de la artista).
Son “impresiones” que funcionan como un diálogo entre el abajo y el arriba, tal como propone la obra “Sin título” (2003).
Esta última es una serie fotográfica de cielos de los distintos lugares donde ella ha vivido. Fue su primera obra autobiográfica, al menos la que marcó el inicio de la conexión entre la exploración de la percepción y su memoria personal. ¿Qué veo? ¿Por qué filtros pasa la mirada? Aun expresados como un espectro del color, esos fragmentos de cielo no son impersonales. Evocan una trayectoria, una cartografía interior que da paso a otras dos obras, la serie de intervalos y la videoinstalación que ocupa el centro de atención de la sala principal de la galería.

Marisabela Tellería, “Un cielo” (captura de video), 2026. En esta videoinstalación, que ocupa el centro de atención de la muestra, se reproducen imágenes de cielos tomadas tanto dentro como fuera de Nicaragua al mismo tiempo. (Fotografía de Rafa Núñez, cortesía de la artista).
En “Un cielo” (2026) se proyectan simultáneamente dos canales de video con imágenes de la bóveda celeste, capturadas por nicaragüenses dentro y fuera del país. Son a la vez distancia y punto de encuentro, exactamente ese azul al que alude el título de la muestra, que también recuerda aquella “proximidad lejana” de la que habló el filósofo alemán Walter Benjamin (1892-1940) al tratar de explicar el tema del aura de la obra de arte.
Los intervalos son cuadros de gran formato, casi monocromos, pero llenos de tonalidades y matices que se revelan a través de la combinación del volumen y de las superposiciones de tules y mallas muy finas. Es una reinterpretación de imágenes fijas extraídas del video, un ejercicio que se aleja del documento y de toda referencia para llegar al color como estado de ánimo. Ahí hay un hogar, una sensación que permanece suspendida, que va y vuelve, sabe de su lugar dentro del cuerpo, lo habita, lo recorre y más allá de la palabra, de lo conocido o de lo que se pueda expresar, se establece como una forma de identidad.

Marisabela Tellería, “Don’t Forgetta,” 2026. Tierra de Nicaragua, traída por un amigo, junto con el mensaje de no olvidar. (Fotografía de Francesco Casale, cortesía de la artista).
En palabras de su curadora, Sophie Bonet: “La identidad aquí no es estable ni singular. Se forma gradualmente a través de lo que se retiene, cambia y continúa negociándose con el paso del tiempo”. ¿Qué permanece y qué se transforma?¿Qué es eso que siempre es idéntico, una y otra vez repetido, en la vida de un exiliado, un migrante, o alguien desplazado o retenido forzosamente en su tierra, en las obras de Tellería? Azul Distancia es, por ahora, la respuesta.
Tellería llegó a Miami en 1978 cuando todavía era muy joven. No fue ella quien decidió venir. En Managua dejó un mundo de afectos, de olores, de aguaceros y de minitremotos que aún hoy la habitan. Aquí, en esta ciudad, siguió creciendo y amando, y se hizo artista. Estudió escultura en la Florida International University (FIU), donde conoció y compartió con colegas como Teresita Fernández, George Sánchez Calderón y Omar López-Chahoud, quienes hoy ocupan un lugar en la historia del arte y en la cultura local.

Vista de una de las esquinas de la sala con las obras “Don’t Forgetta” (2026) y “Des-Tierra 2” (2026). (Fotografía de Francesco Casale, cortesía de la artista).
Vivió y formó parte de la escena cultural de la ciudad a finales de los ochenta y principios de los noventa. Se graduó en 1993 y, poco después, continuó sus estudios de escultura en la Virginia Commonwealth University. Terminó allí su máster en 1996 y luego se estableció en Brooklyn, Nueva York. Eventualmente regresó a Managua, donde también mostró su obra, y en 2014 volvió a Miami.
Esos ires y venires, esos constantes desplazamientos, fueron permeando sutilmente su obra. De un trabajo minimalista con grandes volúmenes y pesos, la artista pasó a crear piezas ligeras más pequeñas e indagar en la percepción como espacio psicológico y, finalmente, en la identidad.
QUÉ: Azul Distancia | A Distant Blue, exposición personal de Marisabela Tellería
DÓNDE: Galería Piero Atchugarry, Fundación Pablo Atchugarry (5520 NE 4th Ave, Miami, FL 33137).
CUÁNDO: de martes a sábado, de 11:00 am a 5:00 pm, hasta el 3 de octubre de 2026.
PRECIO: Entrada gratuita
PARA MÁS INFORMACIÓN: visite https://fundacionpabloatchugarrymiami.com/
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