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Variaciones de Carlos Celdrán: memoria, autoficción y dolor

Daniel Romero (El Autor) y Laura Ramos (Ella) en “Variaciones para un tema insignificante”, de Carlos Celdrán, producción de Arca Images (Fotografía de Manolo Garriga, cortesía de Arca Images)
En la producción reciente de Carlos Celdrán —“Diez millones”, “Misterios y pequeñas piezas”, “Papier maché”— leemos la historia de varias generaciones de cubanos. Sin la constricción de temporalidades ni de territorios, sus relatos son nuestros o nos tocan tangencialmente.
En ese tejido dramático de hechos, rostros y máscaras, siempre hay algo familiar. Celdrán ha logrado dibujar un perfil colectivo de un “nosotros” —cubanos de aquí, allá, acullá— en el que nos reconocemos y nos ubicamos en un mismo lugar y tiempo. Esa ha sido, a través de su propia historia y de su memoria familiar, íntima y generacional, la estrategia de escritura de uno de los autores contemporáneos cubanos más lúcidos y fecundos.
Ahora, en “Variaciones para un tema insignificante” —cuyo estreno mundial tuvo lugar en el Westchester Cultural Arts Center de Miami, gracias a la producción de Arca Images— Celdrán regresa a episodios de su vida. La pieza se inspira en una historia personal en la que un escritor forzosamente inédito, bajo la censura de las autoridades culturales de la época, decide irse por el Mariel sin anunciárselo previamente a su esposa, la tía de Celdrán.
En la obra, su tía, identificada simplemente como Ella, reflexiona ya desde el presente sobre ese momento en el que decidió no irse con él. Lo hace a raíz de la noticia del fallecimiento de su exesposo, padre de su hijo. Un evento que ocurre en Miami, mientras ella, en Cuba, medita y se confiesa ante su sobrino —El Autor—, quien también fue testigo de aquel instante en que la vida de ella —y de él— cambió. Una decisión de la cual ella se arrepiente; dice al final de la obra. Fue un paso que la convirtió en otra persona cuando optó por quedarse aislada entre la mirada y la sospecha de los demás. La gran pregunta que se responde a lo largo de la obra es por qué no se fue, a pesar del amor que sentía.

Laura Ramos, actriz de éxito internacional en el cine y la televisión, vuelve a su lugar primigenio, el teatro, al interpretar a Ella en “Variaciones para un tema insignificante”, de Carlos Celdrán, producción de Arca Images. (Fotografía de Manolo Garriga, cortesía de Arca Images).
La Habana, 1980. Una ciudad sumergida en la complicidad silenciosa, las dudas, las verdades a medias, los simulacros, los mítines de repudio, la algarabía callejera y oportunista, las estrategias para sobrevivir, para malvivir. Y pasar inadvertida, como fantasma en una especie de triple viudez simbólica, como esposa, intelectual y ciudadana. Así quedó Ella atrapada entre la incertidumbre y la desidia.
Luego de abandonar su carrera, se convierte en la primera lectora y editora de un montón de manuscritos que su esposo acumulaba sin esperanza de que fueran publicados. Los mismos que él rechaza llevarse en el momento de su partida. Quizá porque representan una vida frustrada o por ser un estorbo en una doble travesía incierta, la del mar y la de la vida futura.
Esos volúmenes serán reconstruidos de memoria en el exilio, cuando finalmente sea un autor reconocido. Sin embargo, son los que permanecieron – como ella misma – en Cuba, los que ella exige sean leídos como la única prueba de una vida, disuelta no solo por la partida del esposo, sino también por el acto de reescribirla.

Daniel Romero es el mediador, testigo y parte en distintos momentos de “Variaciones para un tema insignificante”, de Carlos Celdrán, producción de Arca Images. (Fotografía de Manolo Garriga, cortesía de Arca Images).
Pero en “Variaciones…” hay un tema más punzante: el de la perversión de un sistema que penetra y controla la intimidad, la vida del hogar: la cama, la mesa donde se come y se trabaja. ¿Cómo era posible no hablar? ¿No confesarse, ni siquiera murmurar? Indaga asombrado el sobrino. Ella no tiene, incluso tras tanto tiempo, una respuesta precisa. No recuerda si hablaron de política. No recuerda lo que ella pensaba. Este es su punto de mayor dolor. El dolor que nos incapacita para mostrarnos tal como somos, aun en lo más cotidiano.
Ese ocultamiento desestabiliza las reglas básicas de la vida. También el travestismo social como parte de un juego de subsistencia y de poder.
Fue uno de esos juegos los que la paralizaron cuando vio a su esposo con otra ropa, en un estilo más común entre quienes tenían prioridad en los barcos que salían del Mariel: los homosexuales. Ese travestismo le facilitaba pasar por uno más en el gentío. Ante Ella, entonces, un hombre desconocido, quien nunca le había comentado su interés por irse, capaz de recurrir a esas maniobras para lograr su objetivo. ¿Quién era él? ¿Debí haberlo seguido? Ella se pregunta.

Daniel Romero (El Autor) y Laura Ramos (Ella) en “Variaciones para un tema insignificante”, de Carlos Celdrán, producción de Arca Images. (Fotografía de Manolo Garriga, cortesía de Arca Images).
La obra recurre a los enmascaramientos más de una vez. El oficial que viene a verla en su casa para asegurarle que nadie la molestará, porque él ha dado la orden viene vestido de civil y le habla amablemente, con la condescendencia siniestra del poder. Y en esa misma escena, escondida detrás de su propio pelo, Ella oculta su reacción cuando él la elogia por su patriotismo al quedarse. Ambos, desde posturas opuestas, se camuflan, aparentan.

Daniel Romero es la voz de Celdrán, pero también la de una generación —la suya propia— que busca respuestas no solo sobre el pasado, sino también sobre el comportamiento humano, en “Variaciones para un tema insignificante”, de Carlos Celdrán, producción de Arca Images. (Fotografía de Manolo Garriga, cortesía de Arca Images).
El montaje potencia la palabra, deja espacio para compartir una memoria colectiva. En escena, la menor cantidad de elementos posibles: haces de luz que impactan sobre los rostros, el golpeteo de una máquina de escribir, un montículo de papeles y la música incidental de Bach que, más que romper el silencio, lo embellece.
Omar Batista ha diseñado una escenografía austera y funcional. Nuevamente, el diálogo creativo entre Batista y Celdrán deja su sello en cada pieza que crean juntos. Una pequeña estructura semicircular cubre el escenario. En su centro, frente a la platea, el diminuto muro se rompe, al igual que el del circo. Esa grieta, por donde salen y entran los personajes, implica la posibilidad de la ruptura de la circularidad de la historia, un tajazo a una espiral de acontecimientos repetidos en el tiempo. El estrecho que los distancia y los une, como un espejo entre orillas.

Laura Ramos como Ella en “Variaciones para un tema insignificante”, de Carlos Celdrán, producción de Arca Images. (Fotografía de Manolo Garriga, cortesía de Arca Images).
Laura Ramos, actriz de éxito internacional en el cine y la televisión, vuelve a su lugar primigenio, el teatro, de la mano de uno de sus maestros. Su actuación contenida, con una gestualidad mínima, refleja la fuerza del carácter del personaje y, al mismo tiempo, sus vacilaciones y su angustia. Hay momentos en que nos diluimos en ella, nos dejamos arrastrar por su rabia, por su dolor, pero también por una especie de paz que viene con la aceptación, núcleo de su más profunda tragedia.

Escondida detrás de su propio pelo, Ella (Laura Ramos) oculta su reacción cuando el hombre que la visita (Daniel Romero) la elogia por su patriotismo al quedarse. Ambos, desde posturas opuestas, se camuflan, aparentan en “Variaciones para un tema insignificante”, de Carlos Celdrán, producción de Arca Images. (Fotografía de Manolo Garriga, cortesía de Arca Images).
Por otra parte, Daniel Romero, ya habitual en la escena de Miami, conduce magistralmente la conversación: ¿indagación por la verdad? Su personaje es mediador, testigo y parte en distintos momentos. Es la voz de Celdrán, pero también la de una generación —la suya propia— que busca respuestas no solo sobre el pasado, sino también sobre el comportamiento humano. De ahí su necesidad de saber y comprender.
“Variaciones para un tema insignificante” vuelve a poner el dedo en una llaga que no ha cicatrizado del todo ni aquí ni allá. Es una herida de la que hay que seguir hablando desde un presente que vuelve cercano ese pasado. Aún hay muchas historias por contar y preguntas por responder.
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