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Tras 25 años al mando, Howard Herring se despide de la New World Symphony

Howard Herring, disertando en la sala del New World Center. (Fotografía de Siggi Bachmann, cortesía de la New World Symphony).
Nunca tan apropiada la expresión “Donde pone el ojo, pone la bala” como cuando Michael Tilson Thomas —el inolvidable MTT— eligió, hace 25 años, a Howard Herring para liderar la New World Symphony (NWS).
MTT tenía un proyecto inigualable entre manos y necesitaba a alguien capaz de apuntalar ese sueño. Encontró a un músico y ejecutivo, un genuino maverick —un término con frecuencia utilizado para definir a un inconformista— nacido en Oklahoma que, aunque llegó a Miami desde el urbano noreste estadounidense, nunca perdió el espíritu de pionero.
Pianista y director del Caramoor Music Festival durante 15 años. Conocía las reglas del mundo musical, las temporadas, los artistas, los públicos y las estructuras de gestión. Pero NWS era otra cosa.
Cuando llegó, la institución tenía apenas 13 años y ya gozaba de una reputación extraordinaria. Ofrecía a los jóvenes músicos algo difícil de encontrar en un conservatorio o en una orquesta profesional: un sendero intermedio y abierto, donde aprender no solo a tocar, sino también a convertirse en artistas y profesionales.
“La New World era como un lienzo en blanco”, recuerda Herring. Y esa imagen define tanto el desafío como su trabajo.
En una profesión tan organizada, Herring descubrió un espacio donde las posibilidades eran ilimitadas. Sus amigos del norte se preguntaban cómo podía irse a Miami. Para él, afuera, estaba la ciudad de reputación cultural incierta; adentro, en el viejo Lincoln Theatre, la tradición musical de Leipzig, la Viena de Beethoven o el París de Debussy.

Howard Herring, Michael Tilson Thomas y Neisen O. Kasdin, presidente de la junta directiva de la Downtown Development Authority, durante la construcción del New World Center, inaugurado a inicios de 2011. (Fotografía cortesía de la New World Symphony).
Su asociación con MTT fue decisiva. MTT aportaba una imaginación musical inagotable, curiosidad teatral y una convicción profunda de que una orquesta no podía limitarse a ejecutar repertorio, y Herring captó esa energía. Juntos entendieron que la música debía hablarle al público de maneras nuevas, sin renunciar a su complejidad ni a su exigencia artística.
La experimentación comenzó antes de que la tecnología se convirtiera en moda. Inspirados, entre otras cosas, por los Young People’s Concerts de Leonard Bernstein, compraron cámaras y proyectores para incorporar imágenes en los conciertos. La pregunta no era cómo añadir efectos, sino qué podía suceder cuando la música y lo visual se encontraban con inteligencia y sentido estético.
Herring sigue convencido de que ese territorio sigue evolucionando: “Vivimos en una cultura visual, y las instituciones musicales deben aprender a aprovechar esa realidad en lugar de ignorarla”.
La misma imaginación impulsó la creación del New World Center, diseñado por Frank Gehry. La pregunta que se plantearon fue reveladora: ¿qué necesitarían esos jóvenes en 2030?.
El edificio inaugurado en 2011 no fue concebido como un monumento arquitectónico, sino como una herramienta al servicio de una misión. Sus espacios flexibles, sus posibilidades audiovisuales y su relación con el exterior expresan la convicción de que una sala de conciertos también puede ser un laboratorio. Los wallcasts, que proyectan conciertos sobre la fachada para que el público los disfrute gratuitamente desde el parque, prolongaron esa idea: llevar la música más allá y acercarla a quienes no necesariamente se consideran parte del público clásico.

Howard Herring y Stéphane Denève, director artístico de la New World Symphony. (Fotografía cortesía de la New World Symphony).
Pero si algo conmueve a Herring después de un cuarto de siglo, son los músicos. Ha entrevistado personalmente a cada uno de los becarios que ingresaron a la institución. Una y otra vez escuchó relatos de una revelación adolescente: un concierto, un campamento de verano, un pasaje musical que de pronto les hizo comprender que querían dedicar su vida al arte. Muchos recuerdan con precisión el lugar, la temperatura del aire e incluso el aroma de aquel momento. Para Herring, esa epifanía confirma el poder transformador de la música.
Entre las historias que mejor representan el espíritu de New World está la de Francisco Jaubert Bernard, fagotista puertorriqueño. Su padre y su abuelo eran trompetistas de bandas latinas y esperaban que él siguiera la tradición familiar. Francisco, sin embargo, quería tocar el fagot. Como no tenía uno, encontró un tubo de PVC, buscó en YouTube las dimensiones del instrumento y la ubicación de los orificios, lo cortó y comenzó a practicar. “Un gran pensador”, así lo define Herring.
Ya en la New World, Francisco organizó un proyecto sobre la música de Puerto Rico, que culminó con una presentación de salsa contemporánea. Tres mujeres de la primera fila se levantaron para bailar. Herring recuerda la escena con una satisfacción que parece resumir su filosofía: “Y pensé: sí, esto es”.
Esa confianza se extiende a Miami. Herring fue testigo de una extraordinaria transformación cultural. La ciudad incorporó museos, salas y organizaciones que transformaron su panorama artístico. Para él, los edificios son solo el comienzo.
“Los programas son todavía más importantes”, puntualiza y cita una frase de Michael Bloomberg que considera perfecta para la ciudad: “La cultura atrae al capital mucho más a menudo de lo que el capital atrae a la cultura”. El desafío ahora es conservar y alimentar lo que se ha construido.

Howard Herring en el New World Center. (Fotografía de Alex Markow, cortesía de la New World Symphony).
La pandemia fue, según reconoce, la prueba más dura de sus 25 años de gestión. Ocho días después del cierre del teatro, la New World ofreció su primer concierto en línea y continuó transmitiendo semanalmente durante la crisis. Pero la tecnología no podía sustituir lo esencial: la transformación individual que ocurre en una experiencia compartida. La música también necesita de esa comunidad silenciosa que se forma cuando todos escuchan juntos.
Tras un cuarto de siglo al mando, Herring considera que ha llegado el momento de ceder el puesto a alguien más joven. La decisión no fue sencilla. Se va, además, con ganas de escribir: sobre la música, sobre Miami y sobre la extraordinaria historia cultural de una ciudad que terminó por hacerlo sentir casi latino. “Casi”, concede con humor.
¿Qué espera que quede de su gestión? No menciona un edificio ni una lista de logros. Habla de optimismo, curiosidad, pensamiento independiente y pensamiento crítico. Y, sobre todo, de una pregunta: “¿Y si…?”.
Es la pregunta de un maverick que nunca confundió experiencia con inmovilidad, que encontró en Miami un lienzo en blanco y que ayudó a convertir una idea audaz en una institución internacional.
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