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Dos estrellas lideran dos grandes noches de música en el Arsht Center

Written By Sebastián Spreng
February 24, 2026 at 10:55 AM

El director canadiense Yannick Nézet-Séguin, al frente de la Philadelphia Orchestra, en el Knight Concert Hall del Arsht Center. Fotografía: Taylor Brown (cortesía del Arsht Center). 

Gracias a dos presencias estelares, dos conciertos en una sola semana dieron lustre al Arsht Center en los renglones del canto y del sinfónico.

Quienes insisten en que el recital vocal es una especie en vías de extinción deberían haber estado el domingo en el Knight Concert Hall, donde el lleno total para Juan Diego Flórez desmintió con hechos esa necrológica prematura, especialmente en una ciudad que supo acoger a grandes del canto y que hoy acusa ausencias inexcusables en ese terreno.

Los recitales del tenor peruano responden a un patrón probado. Una parte consagrada al bel canto —Bellini, Donizetti, Rossini— y a la ópera francesa; luego, a la zarzuela y a la canción en español. Finalmente, los bises, tan generosos como celebrados, que convierten la velada en una fiesta compartida. No hay improvisación en la arquitectura del programa, pero sí una inteligencia estratégica que sabe administrar climas, estilos y expectativas.

Juan Diego Flórez y Vincenzo Scalera (al piano), en el Knight Concert Hall del Arsht Center. Fotografía: Taylor Brown (cortesía del Arsht Center).

A los 53, Flórez celebra con gallardía las tres décadas desde su debut consagratorio en Pesaro, cuna de Rossini. Si la voz hoy tarda un poco más en entrar en calor, es comprensible; asombra la persistencia del brillo, el esmalte intacto y la capacidad de despachar los agudos que cimentaron su fama. Le suma algo menos frecuente que la mera técnica: inteligencia musical, gusto y estilo impecables. Flórez es, en el sentido más exigente del término, un estilista.

Lo acompañó el impecable Vincenzo Scalera, quien ofreció solos pianísticos de Bellini, Lecuona y Godard, aunque se echó de menos la intervención del tenor en las transcripciones de “Almen se non poss’io” y en la “Berceuse” de “Jocelyn”, páginas que pedían su voz.

El bloque inicial incluyó a Rossini con “Le sylvain”, de “Péchés de vieillesse”, y a Bellini con “La Ricordanza”, una evocación que anticipa la escena de locura de Elvira en “I Puritani”. La primera parte culminó con la escena de prisión de “Roberto Devereux”, plena de emoción, vertida con elegancia y sin un ápice de efectismo.

Juan Diego Flórez y Vincenzo Scalera (al piano), en el Knight Concert Hall del Arsht Center. Fotografía: Taylor Brown (cortesía del Arsht Center).

En la segunda parte, la zarzuela encontró en Flórez un defensor de clase. “Bella enamorada”, de “El último romántico”; “Suena, guitarríco mío”; y “Aquí está quien lo tiene”, de “La alegría del batallón”, reivindicando un género que necesita intérpretes de jerarquía para mostrar su estatura.

La ópera francesa tuvo al melancólico “Ah! tout est bien fini!… Ô Souverain, ô juge, ô père”, de “Le Cid” de Massenet —escrito para el heroico Jean de Reszke—, seguido de un “Salut! demeure chaste et pure” de “Faust” de Gounod de lirismo soberano y fraseo cuidado. La parte oficial cerró con un detallado y ardiente “Che gelida manina”, de “La Bohème” de Puccini: un Rodolfo creíble, ya más cercano al lirismo spinto que al puro tenor de gracia, señal de una evolución repertorial asumida con prudencia y sin sacrificar flexibilidad.

Juan Diego Flórez y Vincenzo Scalera (al piano), en el Knight Concert Hall del Arsht Center. Fotografía: Taylor Brown (cortesía del Arsht Center).

Y entonces llegó el festival de bises. El público espera agudos resplendentes, y ofreció “Pour mon âme”, de “La fille du régiment”, con sus nueve do naturales, sin la insolencia atlética de hace dos décadas, pero con seguridad y sin transposiciones complacientes. Luego, guitarra en mano, para la napolitana “I’ te vurria vasà”, y un popurrí en español que incluyó a su inolvidable compatriota Chabuca Granda —“La flor de la canela”, “Fina estampa”—, además de su infaltable “Cucurrucucú Paloma”, coronada por un agudo en voz de cabeza largamente sostenido. La celebración continuó con “Amapola”, “La donna è mobile” y “Nessun dorma” como broche de oro.

Flórez luce juvenil y en forma. La voz, acaso menos caudalosa que en su apogeo, jamás es forzada y conserva redondez y dulzura tímbrica. Encanto, carisma y sencillez le permiten conquistar al público hasta tenerlo en la palma de la mano. Artistas así no abundan; recitales como éste, tampoco.

El director canadiense Yannick Nézet-Séguin en el Knight Concert Hall del Arsht Center. Fotografía: Taylor Brown (cortesía del Arsht Center).

Apenas días después se produjo el esperado —y demorado— debut miamense de uno de los consagrados directores jóvenes de hoy, el canadiense Yannick Nézet-Séguin, al frente de su orquesta, la legendaria Philadelphia Orchestra, que rige desde 2010, además de la Orchestre Métropolitain de Montréal y del Metropolitan Opera neoyorquino, del que es su director artístico desde 2018.

Fue una noche especial, una de las grandes tradiciones sinfónicas de Estados Unidos, dialogando con el público local, con una plenitud desconocida en comparación con las ilustrísimas visitas previas.

Nézet-Séguin, posee carisma, gestualidad elocuente y comunicación inmediata. Mas que un director parece un cómplice de sus músicos, sin batuta ni partitura, semeja un energizante entrenador deportivo. Esa complicidad fue palpable tanto con la orquesta como en una lectura viva, respirada, de las Sinfonías n.º 3 y n.º 4 de Brahms.

El canadiense preserva el mítico “sonido Filadelfia”, forjado por Leopold Stokowski y Eugene Ormandy, con cuerdas densas y aterciopeladas, maderas cálidas y metales fulgurantes, que lo traduce en un abrazo sonoro envolvente que da como resultado un Brahms de líneas amplias y aliento generoso.

En el Knight Concert Hall del Arsht Center, “la Philadelphia Orchestra sonó ‘como un disco’. O aún mejor”. Fotografía: Taylor Brown (cortesía del Arsht Center).

Nézet-Séguin ha dicho que Brahms es su compositor favorito, y esa afinidad se percibió en la libertad y la urgencia de su enfoque. Cada sinfonía fue el equivalente a un viaje emocional e inevitablemente evolucionó y dio como consecuencia la otra, ofreciendo una panorámica digna de destacar.

Sorprendió su tratamiento de la Tercera y, al ejecutarla en un solo movimiento, reveló un arco narrativo fascinante.  Pareció conjurar la imagen del caminante romántico contemplando un torrente caudaloso —¿el Rin?, ¿el Elba? — en un paisaje digno de Caspar D. Friedrich. Más íntima que heroica, fluyó con naturalidad pastoral, evitó toda afectación sentimental, sosteniendo un pulso sereno y contenido hasta el final, en una severidad coral de gran efecto.

Esa impulsividad controlada regresó en la Cuarta, esta vez con una pausa mínima entre el Andante moderato y el Allegro giocoso, como si se trataran de dos bloques de una misma escultura. Hubo nostalgia e intimidad, surgidas de una espontaneidad sólo aparente y de un cuidadoso trabajo desde un enfoque casi camarístico. Un Brahms noble, poderoso y vital, encaminado hacia su destino inexorable, con una orquesta tan monolítica como impresionante.

Un amigo solía decir —en el siglo XX, casi la prehistoria—: “Tan perfecto que cerré los ojos y era como un disco”. Su definición, cómica e infalible, volvió a mi memoria esta noche, cuando la Philadelphia Orchestra sonó “como un disco”. O aún mejor.

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