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SERAPHIC FIRE Y LA NEW WORLD SYMPHONY, LA PERENNE FASCINACIÓN DE “CARMINA BURANA”

Written By Sebastián Spreng
January 19, 2023 at 2:12 PM

La New World Symphony Orchestra en el Arsht Center. Fotografía: Alex Markow (cortesía de NWS)

La fría noche del segundo sábado de 2023, el colmado Knight Hall del Arsht Center abrigó esperanzas sobre la asistencia a funciones clásicas en nuestra área, buen síntoma. El obvio atractivo principal de un programa curiosamente estructurado era “Carmina Burana”, la magnética cantata profana que atrae públicos diversos donde quiera se presente.

No fue ésta la excepción máxime cuando se unían las dos entidades musicales más exitosas del ámbito local. La conjunción del coral Seraphic Fire (SF) con la New World Symphony (NWS) fue un acierto, delegando la dirección a Patrick Dupré Quigley, creador del grupo. Acierto y esfuerzo al que se sumaron la Civic Choral de Miami, los cantantes de la Universidad de Miami, la Chamber Singers de MDC Kendall, Florida Memorial y Florida Singing Sons, que aportaron las voces blancas a la cantata.

La noche se dividió en tres secciones. La primera priorizó a Seraphic Fire, la segunda a la NWS y la tercera presentó a las dos aunando fuerzas con los coros mencionados. En primer término, la “Serenade to Music” de Ralph Vaughn Williams compuesta para el jubileo de Sir Henry Wood en 1938, parecía a la medida de Seraphic Fire (para su exacta cantidad de voces), cuya ubicación en las gradas corales disminuyó el impacto sonoro de la composición pacientemente esculpida por Quigley, un sutil nocturno lunar que invitó a recordar las delicias del mundo coral inglés.

Siguió el “Concierto para Piano” de Clara Wieck Schumann, deliciosa obra que la precoz gigante pianística del siglo XIX compuso con apenas catorce años, y revisada por su futuro esposo la estrenó dos años después en Leipzig, bajo la dirección de Felix Mendelssohn. De clara raíz chopiniana, conlleva momentos de innegable inspiración juvenil y otros abocados al despliegue virtuoso.

Dentro de la corriente actual de revalorización de piezas postergadas, es carta de presentación favorita de la joven Isata Kanneh-Mason que además lo grabó para el bicentenario de la compositora. Integrante de una conocida familia musical británica (uno de sus seis hermanos músicos es el cellista Sheku Kanneh-Mason) su debut no llegó a convencer. Si bien esta pieza temprana impone virtuosismo por sobre profundidad, faltó una cuota de lirismo y su innegable destreza fue opacada por su toque percusivo, especialmente en el intrincado tour de force final. Vale mencionar el óptimo aporte del cellista Victor Huls en el dulce diálogo con el piano del romance del segundo movimiento, uno de los momentos más bellos de la composición.

Patrick Dupré Quigley y los solistas de “Carmina Burana”. Fotografía: Alex Markow (cortesía de NWS)

Finalmente le llegó el turno a “Carmina Burana”, la pieza coral más espectacular y frecuentada del siglo XX donde el bávaro Carl Orff (1895-1982) se erige como eslabón entre la música del medioevo y los patrones rítmicos de su siglo, suerte de fusión de Monteverdi a Stravinsky más la influencia del jazz y la música africana. Debido a estas “impurezas”, su estreno en 1936 no fue aprobado por los nazis pero su oscura e intrincada relación y colaboración posterior con el régimen demoró por veinte años su estreno americano. No obstante, la magia de “Carmina” continúa embriagando gracias a su catarata de contrastes y teatralidad que mezclan moral y herejía, erotismo y castidad, mitología y folklore, primavera y eternidad, mientras deambulan goliardos y paisanos en círculos dignos del Infierno del Dante hilados por la diosa Fortuna, dueña del destino ante la impotencia humana. Regresiva pero atemporal al fin, en su ingobernable primitivismo reside su atracción principal. Pinta un tortuoso sendero desde El Bosco y Brueghel a Dalí más desatado, en última instancia ni medioevo ni modernidad sino un atisbo al ambiguo universo orffiano.

Quigley supo aunar las dispares fuerzas a disposición logrando admirable cohesión con la espléndida participación de la NWS, brillando en metales y maderas, subrayando la comicidad, ironía y drama subyacentes. Contó con tres sólidos solistas, de su grupo la soprano Rebecca Myers que pudo remontar el temido e imposible “Dulcissime” final y el tenor Brad Diamond que hábilmente recurrió a la macchieta vocal para encarnar al desafortunado cisne rostizado. El barítono invitado Elliot Madore descolló en la sedosidad del “Omnia Sol temperat”, menos cómodo en las interjecciones del “Estuans interius” salió airoso del compromiso.

Teniendo a mano un conjunto ideal como SF, no hubiese sido descabellado presentar como preludio el exhaustivo trabajo de sólo media hora comisionado como complemento por Fruhbeck de Burgos en 2008 que remite a las canciones originales y ofrece una mirada íntima de esa época frente al contraste brutal, quasi expresionista plasmado por Orff. De todos modos, el retorno último del siempre impactante “O Fortuna” inicial funcionó como estocada final a una audiencia fervorosa que abandonó la sala literalmente poseída por la efectiva persistencia de la música.

 

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