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Reveladoras bondades de la ‘pequeña gran música’

Written By Sebastián Spreng
June 7, 2024 at 3:29 PM

De izquierda a derecha, Maria Ioudenitch, Marina Radiushina (al piano), Nathan Schram y Gabriel Martins, los espléndidos instrumentistas que centralizaron la última entrega del festival ofrecido por la Miami Chamber Music Society. Fotografía: cortesía de Miami Chamber Music Society.

A las puertas del verano, la música clásica parecería huir de Miami hacia latitudes mas acogedoras, pero no sabe que inexorablemente por cortesía del calentamiento global pronto será mas fresca que sus rivales del norte menos preparadas para lidiar con temperaturas infernales.

Quizás este “no hay mal que por bien no venga” la beneficie dando lugar a festivales musicales que florecen en otras partes del mundo y que los miamenses envidian con justa razón.

Por eso, asistir a la última entrega del festival ofrecido por la Miami Chamber Music Society  (MCMS) no sólo reconfortó, asimismo trajo cierto remordimiento el no haber asistido a todos y cada uno de estas refrescantes dosis musicales tan necesarias como nutritivas.

Música pura que no pide nada y que a cambio entrega una panorámica de sensaciones y vivencias, máxime cuando está interpretada por eximios jóvenes instrumentistas como en esta oportunidad y que gracias al criterio de selección de Marina Radiushina, directora artística de la entidad, se abocaron a la tarea de hacer música juntos por primera vez, adaptándose, acoplándose admirablemente como el mas sazonado equipo de veteranos.

En la excelente acústica del Truist Pavillion del New World Center de Miami Beach – un ámbito nuevo para la MCMS que resultó particularmente beneficioso- se desarrolló el último concierto mientras afuera arreciaban la lluvia y el viento tropicales creando un contraste por demás peculiar y gracias a un programa sólido de estricto carácter clásico que fue desde el mas jovial divertimento a los abismos existenciales en composiciones familiares a las que siempre vale la pena reencontrar.

El “Trío para cuerdas en Si bemol mayor D. 471” de Franz Schubert refleja la juventud del vienés (lo compuso a los 18 en su corta vida de 31) evidenciando su admiración e influencia del clasicismo de Haydn, Mozart y su maestro Antonio Salieri. Pero Schubert es siempre Schubert y su sello personal ya asoma inconfundible en la inconfundible transparencia y profundidad que irá acentuándose con los años. En dos movimientos es una joya de diez minutos cuyo despreocupado lirismo conlleva la alegría de haberse mudado con su amigo del alma, el poeta Franz von Schober, apoyo y confidente del que nació el término “Schobert”. Fueron Maria Ioudenitch en violín, Nathan Schram en viola y Gabriel Martins en cello, tres espléndidos instrumentistas conjurando pasión atemperada con elegancia certera.

Siguió al Schubert, un Mozart mas serio que el acostumbrado, aquel tan hondo capaz de sorprender e incomodar en su momento con el “Primer cuarteto para piano en sol menor K 478”. Obra ardua y multifacética que plantea la conversación entre varias voces desplegando inusitada complejidad para su época, de hecho fue cuestionada por público y su editor Hoffmeister llegó a amenazarlo si Mozart no se avenía a componer “más fácil”.

Pero la audacia de Mozart gana y el drama desborda en clave de sol – la “del destino” para el compositor – ganando turbulencia desde el primer acorde. El amable andante propone solaz con una melodía obviamente operística que recuerda al aria “Voi avete un cor fedele” escrita una década antes y preludia a la trilogía de Da Ponte (“Cosi”, “Nozze” y “Don Giovanni”) de esos mismos años de 1786-89. La intimidad del movimiento contrasta con el chispeante Rondo final, lúdico y juguetón.

Sumándose a las cuerdas, el piano de Marina Radiushina aportó claridad y robusta sonoridad, con articulación envidiable y brillante sentido del cantabile. Las cuerdas lideradas por Ioudenitch mostraron asimismo el vigor de Schram en viola, con colorido fraseo destacadísimo, así como la nobleza de Martins en cello a cargo de la latente oscuridad que permea todo el cuarteto. Los cuatro intérpretes lograron transmitir la aparente alegría que deja ver el entre líneas requerido para revelar el drama que anida esta obra que en su atemporalidad sigue impactando a doscientos cuarenta años del estreno.

De izquierda a derecha, el cuarteto ad hoc formado por Maria Ioudenitch, Marina Radiushina Nathan Schram y Gabriel Martins. Fotografía: cortesía de Miami Chamber Music Society.

No obstante, el plato fuerte y prueba de fuego llegó en la segunda mitad con el incomparable “Primer cuarteto para piano en sol menor Opus 25” de Johannes Brahms. Estrenado en Hamburgo por Clara Schumann en 1861 y en Viena en 1862 con el mismísimo Brahms al piano marcó su debut vienés con el cuarteto Hellmesberger. En su rica exuberancia exhibe magistral desarrollo temático en un constante diálogo con visos sinfónicos (tantos que Arnold Schönberg no dudó en orquestarlo en 1937), rasgo que permea la obra íntegra.

De corte tradicional, a diferencia de sus innovadores contemporáneos, su carácter trágico se ve arropado por melodías que lo acentúan o suavizan, tornando la mirada hacia el mas severo Beethoven y el mas apasionado Schubert. Desde la tensa dulzura del primer movimiento al introspectivo intermezzo, el misterioso andante y el febril, vertiginoso y rapsódico “Rondo alla Zingarese” del final, pide todo de cada instrumentista.

En esta genuina “sinfonía en ciernes”, piano, violin, viola y cello encarnan todas las voces imaginarias de una gran orquesta, uniéndose y separándose para exhibir su propia voz con intensidad abrasadora. Es una obra que señala una nueva etapa en Brahms que lo indica como el heredero de Beethoven y que el cuarteto ad hoc formado por Marina Radiushina, Maria Ioudenitch, Nathan Schram y Gabriel Martins supo navegar con pericia, pasión y exquisita mesura, la única manera de medir los inesperados cambios de ánimo del temperamental Brahms, tan severo como frondoso, tan fogoso como helado, y llegar triunfantes al final sin desbocarse.

En síntesis, una tarde para recordar, otra vez gracias a la bendita música de cámara que no tan habitualmente como debiera asoma en Miami para recordarnos y revelarnos la generosidad y bondades de la música pura. Cálido y reconfortante cierre de temporada.

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