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La escuela del Miami City Ballet y su respuesta al desafío del COVID

Posted By Guillermo Perez
November 9, 2021 at 12:21 AM

Arantxa Ochoa, la directora artística de MCBS, dirige una clase intensiva de verano, durante la pandemia / verano de 2020.Fotografía: Alexander Iziliaev (cortesía)

En tiempos de COVID no ha sido fácil llevar el ritmo cotidiano, a veces dando un paso adelante y dos hacia atrás.  Y en ningún sitio como en las escuelas resulta más importante buscar un buen camino. ¿Cómo se pueden respetar las normas educativas protegiendo la salud? La pregunta se amplifica en las academias de danza con sus requisitos físicos tan especiales.

Vale examinar la respuesta que le ha dado a este desafío la escuela de Miami City Ballet (MCB), establecida en 1993 pero reforzada bajo la presidencia de Lourdes López, directora artística de la compañía desde 2012. Para asegurar una enseñanza de alta calidad y el bienestar de los estudiantes, la institución ha establecido prácticas que alcanzan, como las presentaciones de la compañía, un nivel estelar.

Lisa de Ravel, directora administrativa de Miami City Ballet School (MCBS), opina que ésta ha sido una misión de ingenio y corazón. Y en gran parte la atribuye a la base profesional de los integrantes.

“Si quieres encontrar la mejor manera de asumir los problemas del COVID, dirígete a un grupo de bailarines”, declara la encargada de estrategias de desarrollo y de la supervisión de las cuatro divisiones de la escuela: la infantil (niños de 3 a 8 años), la estudiantil con seis niveles, la pre-profesional, y la de clases abiertas para adultos.

MCB School Managing Director Lisa de Ravel. Fotografía: archivo personal de Lisa de Ravel (cortesía)

A finales de 2019, de Ravel llegó a MCBS con grandes expectativas y un expediente admirable.  Llevaba más de tres décadas en American Repertory Ballet, por períodos ejerciendo como bailarina, maestra, y decana de la escuela, además de haberse graduado en sicología de Rutgers University, especializándose en el desarrollo mental de niños y adolescentes. Dispuesta junto a sus colegas a dirigir MCB hacia éxitos mayores, tropezó con el terremoto de salud que sacudió al mundo entero. Al ver, sin embargo, cómo todos en la escuela se negaron a sucumbir al derrumbe, de Ravel se dio cuenta que había encontrado su puesto ideal.

“No digo que ha sido fácil, pero la clave está en mantenernos siempre al frente de la situación. Durante momentos de mucha incertidumbre, resulta fundamental una constante comunicación de equipo”, reconoce de Ravel, también consciente que en su caso la ética de trabajo que heredó de sus padres, inmigrantes europeos en Nueva York, le ha servido de impulso.

Cuando en marzo del 2020 amenazaba un cierre indeterminado del plantel, todos en MCBS se prestaron a dar cualquier giro para rescatar la enseñanza y no reducir la empleomanía, como si siguieran, según de Ravel, el instinto de hábiles bailarines.

Video: Los alumnos de MCBS en 2020, durante el primer verano de la crisis. 

Arantxa Ochoa, directora artística de MCBS, a cargo del plan de estudio y unos trece profesores, recuerda el ajetreo de aquellos días.  Las trabas se multiplicaban pero no se podía dejar que el reloj marcara la hora de un fracaso. Rapidísimo a Ochoa, española oriunda de Valladolid, se le presentó una solución en el hogar que comparte con Sasha Iziliaev, profesor principal de la escuela y por buenaventura experto en cuestiones tecnológicas.

“Un viernes cerramos y el domingo me llama Lourdes muy preocupada porque teníamos que hacer algo”, cuenta Ochoa.  “Ese mismo día me dice mi niño que en su escuela iban a usar una nueva cosa llamada Zoom”.

Ahí fue cuando Iziliaev, también videógrafo de la compañía, se lanzó a la prueba de la enseñanza virtual desde un salón de su casa. Y así Ochoa, mientras su cónyuge controlaba la cámara y López observaba a distancia, logró impartir una exitosa clase de ballet.

La directora artística de MCBS, Arantxa Ochoa, observa cómo los estudiantes asisten a una clase magistral de Jodie Gates a través de Zoom. Fotografía: Alexander Iziliaev (cortesía)

“Enseguida se aprobó este método”, dice la profesora.  “Era la semana de ‘spring break’ y en ese período pusimos las clases en línea.  De esa forma continuó el año escolar y los estudiantes no perdieron tiempo”.

Los padres también se han amparado de medios para navegar estas corrientes imprevistas. El amor que Claudia Zuluaga Yunis tiene por las artes desde su infancia en Manizales, Colombia, ahora se vierte sobre la dedicación de sus cuatro hijas en diferentes niveles de ballet. Siempre atenta a esos horarios, con la ayuda de su esposo, esta madre ha visto de cerca los buenos resultados que han dado las medidas de MCBS.

“Para mí han sido una bendición”, dice Zuluaga. “Claro que tuvimos que adaptarnos y crear diferentes ambientes en la casa para el seguimiento de las clases virtuales”.

Daniela y Francesca, las hermanas mayores, se apoderaron del gimnasio de su edificio, y Mariana y Valentina, las menores, tomaron puesto en el apartamento de la familia.  “Estoy muy agradecida que continuaran con los mismos profesores”, confiesa Zuluaga, “aunque el aspecto social de estar con sus amiguitas les carecía”.

Por lo tanto, el progreso hacia el aprendizaje en persona complace a Zuluaga. Fisioterapeuta de profesión, se alegra que el regreso al plantel se haya guiado por los dictados de la ciencia.

De Ravel señala la importancia del asesoramiento que la administración ha recibido de los expertos. “Acudimos a la ayuda de un pulmonólogo pediátrico, por ejemplo, y de un higienista industrial”, explica la administradora, detallando el análisis ambiental que preparó los estudios para los ocupantes y de la participación del personal de Nicklaus Children’s Hospital.

A staff member from Nicklaus Children’s Hospital takes MCB School student’s temperature upon entering the school. © Alexander Iziliaev

A causa de la pandemia la escuela sufrió una pérdida de matrícula bastante dolorosa y por ahora la división de adultos sigue cerrada, pero ya hasta los estudiantes más pequeños disfrutan de la enseñanza presencial.  Eso sí, sin importar la edad o el nivel, todos obedecen los protocolos de salud. Algunos de éstos, como las máscaras, el distanciamiento, y la higiene de manos, ya nos son bien familiares. Pero en los estudios de ballet también hay que marcar las barras de ejercicios y los pisos de baile para el uso de cada individuo.  Y el andar a través del edificio se rige por una meticulosa coreografía.  Ambas de Ravel y Ochoa se admiran al ver cómo los alumnos siguen las pautas de entradas y salidas y de intercambios en áreas comunitarias. Con buen humor, Zuluaga añade que el uso limitado de los estudios hizo que sus bailarinas aspirantes convirtieran el carro de la familia en un camerino ambulante.

“Me impresiona  la disciplina de los estudiantes y del espíritu que tienen para aprender su arte”, dice de Ravel, sin dejar de subrayar los recursos pedagógicos elaborados por la facultad. “La corrección por medio del tacto es crucial en la enseñanza infantil”, explica la también sicóloga, “y me fue encantador descubrir como una maestra se agenció de una especie de varita mágica para no perder la conexión con su clase”.

Por otra parte Ochoa, al lidiar con las inhibiciones al entrenamiento en pareja, les ha sacado provecho a varios videos, tesoros del ballet clásico como las variaciones de Romeo y Julieta. Examinándolos en conjunto, los estudiantes agudizan su poder analítico.

Todos estos esfuerzos van dando fruto.  Y, con el adelanto de la vacuna contra el COVID, el rescate de la escuela sigue en pleno vigor con aspectos que requieren atención especial. De Ravel enfatiza la necesidad de brindarle respaldo al estudiantado internacional, en gran parte latinoamericano, que trae un sabor multicultural. Ochoa saca a relucir la reparación de las vías al éxito profesional, como los cursos intensivos de verano. También menciona el Ballet Bus, calificándolo de “programa maravilloso”. Esa oferta de estudios gratuitos a niños de familias de bajos ingresos, con la cooperación de escuelas locales, provee transporte, meriendas saludables y la vestimenta de clase.

No solo son los estudiantes quienes han recibido lecciones indispensables durante la crisis. Zuluaga da testimonio que “no hay nada garantizado.  Un día puede cambiar la vida y tenemos que estar preparados para asumirlo todo”.  Siempre corría, como dice, para “quedar divina con el mundo. Pero el paro del COVID me hizo mirar en los ojos de mis hijas y buscar en lo más profundo de sus almas el verdadero bienestar”.  Sea para el éxito de ellas en los escenarios u otras metas con mérito, ahí va estar para respaldarlas.

Ochoa evalúa su pasado y ha confirmado lo que la fortalece a diario. Sus años de formación artística la llevaron, aún adolescente, de la escuela del afamado Víctor Ullate en Madrid, a Monte Carlo (Académie de Danse Princesse Grace), y por fin a Nueva York (School of American Ballet). Y en esa trayectoria se enfrentó a muchísimos retos, cometiendo errores y buscando soluciones, como dice ella, con el afán de no darse por vencida.

“Soy una persona resiliente”, concluye la directora. “Los obstáculos me hacen crecer. Pero también soy afortunada de trabajar para una organización donde nos apoyamos unos a los otros porque la escuela pudo seguir a flote. Los estudiantes son gran parte de mi vida y la excelencia de su educación y su felicidad son mi prioridad. Me ayuda la pasión que tengo por este arte e intento inculcársela a mis estudiantes y enseñarles lo que el mundo del ballet requiere”.

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