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FAMILIA Y PATRIOTISMO EN ‘HIERRO’, LA NUEVA VISIÓN DE JOSÉ MARTÍ QUE ARCA IMAGES TRAJO A MIAMI

Written By Jose Antonio Evora
August 10, 2023 at 10:36 AM

Caleb Casas en el papel de José Martí y Rachel Pastor como Carmen Miyares en “Hierro”, bajo la dirección del propio autor de la obra, Carlos Celdrán. Fotografía: Julio de la Nuez (cortesía de Arca Images).

José Martí llega tarde a casa, extenuado por la faena política. Están en Nueva York, y su esposa, Carmen Zayas Bazán, le reprocha que apenas logra verlo y, lo que es peor, que él no le dedica tiempo a su hijo. “Pepito pregunta por ti”, le dice ella. “No saques al niño de nuevo, sabes lo ocupado que he estado en estos meses”, protesta él.

La escena se repite en otra jornada patriótica. “Disculpa, el mitin se prolongó hasta la medianoche… el entusiasmo era grande, tuve que quedarme…”, le dice Martí. En otro momento, al amparo de Carmen Miyares, él se queja: “He estado tan ocupado, tan ocupado… Qué injusto que Carmen no vea la situación que tengo, lo que estoy pasando…” Y en una tercera escena, ante el inminente reproche de su esposa, sigue aferrado a la convicción de que es ella quien debe capitular, no él. “Estoy cansado, no me siento nada bien. Trabajé hasta tarde, no pude avisarte. Sin embargo, ya estoy aquí…”, se justifica de mala gana el Apóstol.

Claudia Valdés da vida a Carmen Zayas Bazán en este montaje de “Hierro”, aquí junto a Caleb Casas en el personaje de José Martí. Fotografía: Julio de la Nuez (cortesía de Arca Images).

Ahí mismo vienen a la mente los incontables apóstoles del espíritu revolucionario cubano que, a todo lo largo del siglo 20 y lo que va del siglo 21, llegaron tarde a casa disfrazados de titanes. Un “espíritu” que campea entre los mayores verdugos de la familia cubana, el verdadero cimiento de la cubanía y de toda sociedad próspera, erosionado desde aquellas gestas del siglo 19 y asaltado en las últimas seis décadas por un régimen que para mantenerse en el poder tuvo que dividir, precisamente, a la familia.

Si hay mucho de profanación en la obra teatral “Hierro”, de Carlos Celdrán, es porque hacen falta el escarnio y el revisionismo para liberarnos del lastre del caudillismo. Por eso, entre otras cosas, no exagero al decir que “Hierro” es ya una pieza clave en la dramaturgia cubana de todos los tiempos.

Meter nada menos que a un José Martí lleno de conflictos en el cuerpo de un actor y en el curso de un drama que lo humaniza era un desafío colosal, y Celdrán no se limitó a asumirlo: fue a las esencias. Hay que agradecerle a Alexa Kuve y Arca Images haberlo traído a nuestra ciudad, y al Miami Dade County Auditorium presentarlo en su cada vez más atractiva programación del Black Box Theatre.

Daniel Romero (a la izquierda) hace el papel de Valentín, el joven que termina buscando un reencuentro con Martí (Caleb Casas) después de haber tratado de envenenarlo. Fotografía: Julio de la Nuez (cortesía de Arca Images).

FAMILIA Y PATRIOTISMO

Familia y patriotismo van de la mano en “Hierro”, pero sobre una misma cuerda floja que obliga al espectador a medir el riesgo de cada paso y el saldo del desequilibrio. El “héroe” se entrega estoicamente a la causa colectiva mientras le saca el cuerpo a las consecuencias de sus decisiones personales, y la “anti-heroína” dice verdades tan grandes que despierta la complicidad del público aun en medio de su forzosa antipatía. Porque hay momentos en los que el personaje de Carmen Zayas Bazán parece ser el verdadero protagonista de “Hierro”.

“¿Para qué tanto empeño?”, le pregunta ella a él. “En Cuba la gente no quiere otra guerra, está cansada, harta de sufrir. Les da igual la independencia o el autonomismo. ¡Quieren tranquilidad! Vivir su vida como Dios manda; vengo de allá, lo sé de primera mano. Desde aquí se tiene una idea muy equivocada de la realidad que se vive allá”.

Entonces, claro está, Martí la manda a callar.

“No hablemos de política, Carmen”, le grita, y ahí resuena otra vez el eco: para hablar de política están los hombres. Las mujeres, a los hijos y a la cocina.

Caleb Casas tiene un trabajo doblemente arduo para interpretar a José Martí en la obra “Hierro”, escrita y dirigida por Carlos Celdrán. Fotografía: Julio de la Nuez (cortesía de Arca Images).

Pues resulta que los hijos y la cocina son las cosas más importantes de la vida; que el bienestar de ellos depende del amor y de la dedicación de los padres, y que su sustento y las provisiones para alimentarlos y hacerlos crecer sanos dependen del trabajo, no de una liturgia ministerial que los relegue a un segundo plano, por muy patriótica que sea. Ningún hijo debería ser responsabilidad de otras personas que no sean sus padres. Esa es la lectura que a corto, a mediano y a largo plazo propone en “Hierro” el personaje de Carmen Zayas Bazán.

Porque, de hecho, ella no está hablando de política. O sí, pero en el sentido que le daba José Ortega y Gasset al calificarla como el “pensamiento de lo útil”. El personaje de Martí lanza un velo de falsa majestad sobre las verdades que le dice su esposa porque, sencillamente, quiere reservarse los dominios donde aprendió que germinan la grandeza, la trascendencia, y el patriotismo. Entonces, pregunta “Hierro”, ¿cómo conciliar el patriotismo con la práctica de pasar por encima de la familia?

José Martí (Caleb Casas) y Rachel Pastor (Carmen Miyares) en otra escena de “Hierro”, que entre el 27 de julio y el 6 de agosto tuvo dos semanas de funciones en el Black Box Theater del Miami Dade County Auditorium. Fotografía: Julio de la Nuez (cortesía de Arca Images).

Sin embargo, Celdrán nunca se deja arrastrar al panfleto dramático. Hay una comprensión de las tensiones atávicas y contemporáneas que fueron el caldo de cultivo de la personalidad de Martí, y esa humanización, resultado de un entendimiento histórico expresado en contradicciones, contribuye a representarlo vivo. Carmen Miyares lo retiene para cuidarlo, aun cuando en la ciudad están la esposa y el hijo del enfermo, y él se lamenta: “Batallo cosas muy complejas, sin embargo, no sé enfrentar éstas…”

REVISIONISMO NECESARIO

Que el autor ponga en boca de la esposa de Martí una reconsideración de las virtudes del autonomismo en la Cuba colonial es otro gran acierto del dramaturgo. ¿Era inevitable la guerra para fundar la nación, o fue impuesta por los cubanos que desde dentro y desde fuera de la isla la gestionaron como única vía redentora?

De izquierda a derecha: Ariel Texidó como El Patriota; Caleb Casas (Martí); Carlos Acosta Milián (El Médico); Joel Lara (Manuel Mantilla hijo) y Rachel Pastor en el personaje de Carmen Miyares. Fotografía: Julio de la Nuez (cortesía de Arca Images).

Semejante incógnita no abunda en los exámenes sobre la prevalencia del independentismo entre los movimientos políticos que dieron lugar al nacimiento de la república. “Hierro” insinúa que por ahí anda el germen de una cultura de la violencia –dígase, de la reafirmación machista— latente durante décadas en el plasma de la nación, hasta desembocar en el estado revolucionario actual y en su constante invocación de “la manigua redentora” para mantenerse en el poder apelando a las fibras más torcidas del nacionalismo.

En escena con Miyares, Martí dice: “Una sola convicción me sostiene ante mí mismo: la patria no es de nadie”. Y muchos recordamos aquel gesto que en 1997 les costó la cárcel a cuatro cubanos (Martha Beatriz Roque Cabello, Félix Antonio Bonne Carcassés, René Gómez Manzano y Vladimiro Roca Antúnez) cuando escribieron “La patria es de todos”.

De izquierda a derecha: Carlos Acosta Milián (El Médico), Rachel Pastor (Carmen Miyares) y Caleb Casas como Martí en otra escena de la obra. Fotografía: Julio de la Nuez (cortesía de Arca Images).

Algo difícil en textos tan complejos como “Hierro” es huir de los estereotipos y alcanzar un equilibrio dramático. Aquí ni Miyares es la mala ni Zayas Bazán es la buena. Al compararlas, Manuel Mantilla, el esposo de Miyares y dueño del hostal neoyorquino donde suele alojarse Martí, subraya que Zayas Bazán “no aparece por ninguna parte”, y cuando Miyares la defiende diciendo que tiene un hijo pequeño, él le recuerda que ella tiene cuatro y “no paras, coses, organizas ferias, recaudaciones… es lo que se espera de una cubana”. Lo cual, a la vez, abre otro paréntesis para llamar la atención sobre los orígenes del cisma: quienes no apoyan la lucha armada son despreciables.

La sola idea de cuestionar al llamado apóstol de la independencia de Cuba es de por sí temeraria, y poner todo o la mayor parte del peso dramático en esa cuerda habría inclinado tanto la balanza, que los guardianes de la ortodoxia martiana iban a poder descalificar la obra con solo gritar ¡sectarismo! En cambio, las escenas donde “Pepe” desdeña a su esposa convencido de que su misión patriótica le da licencia para escapar de la familia son solo una parte de “Hierro”. La otra es la grandeza del individuo capaz de perdonar a un joven que intentó asesinarlo.

Gilberto Reyes asume el papel de Manuel Mantilla padre en “Hierro”, aquí con Rachel Pastor en el papel de su esposa, María Mantilla. Fotografía: Julio de la Nuez (cortesía de Arca Images).

Celdrán arma esa historia a partir de un episodio contado por Jorge Mañach en su libro “Martí, el Apóstol” (Espasa Calpe, 1933), según el cual un joven sicario cubano llamado Valentín trató de envenenarlo, y después salió llorando de una conversación privada con Martí. “Regresaste a esta casa por tus propios pasos, yo no te busqué”, le dice al muchacho, reacio a dejarse conocer primero (“No, no, tampoco me mire así, que no me gusta que me mire”), molesto después, y finalmente intrigado por la curiosidad de ese a quien estuvo a punto de matar. Hasta que le confiesa que quiere volver a verlo. A partir de sus lecturas de Martí y de todo lo que investigó, el autor se aventura a escudriñar una fuerza de carácter sedimentada en aparentes flaquezas, y el resultado, de tan creíble, parece documental.

ACTUACIONES FORMIDABLES

No es frecuente ver una obra con un reparto de ocho actores y que de todos pueda decirse que hacen un excelente trabajo. Joel Lara (Manuel Mantilla hijo), Ariel Texidó (El Patriota), Carlos Acosta Milián (El Médico), Gilberto Reyes (Manuel Mantilla padre), Daniel Romero (Valentín) y Rachel Pastor (Carmen Miyares) le dan al montaje del propio Celdrán un soporte dramático muy equilibrado, en el que a veces despunta el Valentín de Romero, otras la Carmen Miyares de Pastor y otras el Manuel Mantilla de Reyes.

Joel Lara interpretó el personaje de Manuel Mantilla hijo en esta temporada de “Hierro”, producida por Arca Images. Fotografía: Julio de la Nuez (cortesía de Arca Images).

Pero las actuaciones de Claudia Valdés y Caleb Casas en los personajes de Carmen Zayas Bazán y Jose Martí son simplemente extraordinarias. En el caso de él, la faena es doblemente ardua. Además de hacer creíble a un ser humano sublimado por la mística revolucionaria y elevado a un plano prácticamente religioso, Casas necesita traducir al tono coloquial parlamentos tan insoportables como este: “Collazo se equivoca cuando prefiere difamar antes que aceptar el debate, el consenso de opiniones del que nacerá un país y una república libre del caudillismo y la intolerancia”. Y lo consigue no solo al decirlos; también al quebrarse en una tos profunda mientras habla con acento de vecino.

“Estás un poco alterada, Carmen”, le dice Martí a Zayas Bazán. “¿Cómo quieres que esté?”, responde ella con una pregunta, y la carga verbal se monta en la fuerza del gesto. Casi nada hay de frágil en cómo Claudia Valdés perfila su personaje, ni siquiera cuando grita “¿qué habré hecho para que no se entienda lo que me pasa?” o “claro, yo no sé sufrir; aquí el único que sabe sufrir eres tú”. La dirección de actores de Celdrán debe haber aportado mucho a la hora de construir el personaje, pero el nervio y la prestancia que Valdés le da a una mujer rescatada de la humillación hasta cuando sale del recinto con la cabeza en alto son muy elocuentes y significativos. Gracias a la actriz, su personaje cobra un protagonismo monumental.

Terminada una de las funciones de “Hierro” en el Black Box Theater del Miami Dade County Auditorium, los actores saludan al público que aplaude de pie. Fotografía: Julio de la Nuez (cortesía de Arca Images).

“Si está usted leyendo esta reseña, es porque la obra a la que se refiere ya no aparece en cartelera”. Da pena que mi comentario hubiese podido empezar así. Fueron solo dos semanas de funciones en el Black Box Theater, y al terminar la primera ya estaban agotadas las entradas para la segunda. Artburst Miami ha venido investigando –y seguirá haciéndolo– las causas de que producciones como “Hierro”, aún con el sello de “sold out” al final de la primera semana, no puedan extender su temporada. ¿Se dan cuenta los potenciales auspiciadores privados de que, en una ciudad tan pujante como Miami, cada contribución que hagan puede representar una diferencia no solo para los teatristas y para los espectadores, sino también para el alcance y el prestigio social de su marca? Hay mucho de qué hablar. Lo que sí queda demostrado es que el público de Miami no es tan despistado como algunos creían. 

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