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Cuando la tradición y la innovación van de la mano 

Written By Sebastián Spreng
January 20, 2026 at 4:22 PM

La Royal Philharmonic Orchestra, bajo la dirección de Vasily Petrenko, se presentó en el Knight Center del Adrienne Arsht Center for the Performing Arts y revalidó los laureles de su ilustre linaje.  Fotografía:  Frances Marshall (cortesía del Arsht Center).

El segundo fin de semana de enero mostró a Miami fortalecida en el ámbito de la música erudita, acertando en ambas grandes vertientes del género: la tradición y la innovación. La primera tuvo lugar en el Knight Center del Adrienne Arsht Center for the Performing Arts de Miami; la segunda, en la New World Symphony de Miami Beach.

La presentación de la Royal Philharmonic Orchestra (RPO) bajo la dirección de Vasily Petrenko disipó la impresión algo opaca de su visita anterior, revalidando los laureles de su ilustre linaje y recordando por qué sigue siendo una de las cinco grandes orquestas londinenses.

Con un programa francamente convencional, pero magistralmente ejecutado, incluso los más trillados caballitos de batalla emergieron indemnes. Petrenko se impuso con una autoridad elegante y natural, mientras Ray Chen brilló como solista en el “Concierto para violín” de Tchaikovsky.

Vasily Petrenko se impuso con una autoridad elegante y natural. Fotografía: Ben Wright (cortesía del Arsht Center).

El virtuoso violinista taiwanés-australiano ofreció una interpretación intrépida, de espectacularidad incuestionable, aunque a costa de una mayor profundidad lírica. Acentos vigorosos y una deslumbrante batería técnica estuvieron claramente orientados al impacto inmediato. Si el segundo movimiento ofreció el necesario remanso poético, plasmado con sensibilidad, el final retomó el ímpetu inicial.

La RPO brindó un acompañamiento sólido y disciplinado, cuidando siempre el equilibrio con el solista. Como bis, el carismático Chen ofreció su arreglo de “Waltzing Matilda”, el himno “no oficial” de Australia, como si se tratara de una fantasía virtuosa y, como era previsible, dejó al público rendido a sus pies.

El concierto abrió con la obertura “Helios” (1903) de Carl Nielsen, que, aunque inspirada en el amanecer y el ocaso de Atenas, deja traslucir claras resonancias wagnerianas y evoca en algunos pasajes las ondinas del Rin. Poco frecuentada, la partitura del compositor danés sirvió como una carta de presentación.

El carismático Ray Chen ofreció su arreglo de “Waltzing Matilda” y  dejó al público rendido a sus pies. Fotografía: © Decca Records 2024 (cortesía del Arsht Center).

No obstante, la gran triunfadora de la velada fue la “Segunda Sinfonía” de Sibelius, en la que la orquesta exhibió pleno dominio y autoridad en una partitura de alto calibre, justamente querida por el público. Las cuerdas, iridiscentes, delinearon con precisión la navegación final de la obra, aportando la luz del severo paisaje nórdico frente a los imponentes contrastes de los vientos.

Sombra y luz compitieron musicalmente en una interpretación monolítica, sabiamente esculpida por Petrenko. Una versión enraizada en la mejor tradición europea, rica en carácter, densidades y transparencias, culminó soberana en uno de los finales más célebres del canon sinfónico, con un derroche sonoro de violines, violonchelos y metales. Tan memorable como el bis de Grieg, que cruzó el Báltico hacia la luminosa primavera noruega.

La noche anterior, la New World Symphony (NWS) celebró el decimoquinto aniversario del New World Center (NWC), el espléndido complejo diseñado por el recientemente fallecido arquitecto canadiense-estadounidense Frank Gehry (1929-2025), con un concierto dedicado a su memoria.

Una exposición sobre la historia del edificio, instalada en el lobby, funciona como memento de la realización del sueño de Michael Tilson Thomas, una conjunción afortunada que ha colocado a la ciudad en el mapa musical más allá de su identidad turística.

El compositor John Adams dirigió sus propias obras. Fotografía: Alex Markow (cortesía de la New World Symphony).

A ello se sumó una coincidencia notable: la reunión del compositor John Adams, quien dirigió sus propias obras, del pianista Víkingur Ólafsson y de Stéphane Denève, director artístico de la NWS. Un acontecimiento literalmente histórico para Miami Beach, que además fue compartido con el público del SoundScape Park adyacente vía wallcast.

Una velada íntegramente dedicada a John Adams no es moneda corriente y entraña no pocos riesgos —como bromeó el propio compositor en sus palabras introductorias—, ya que para muchos su música sigue siendo un gusto adquirido.

El programa, sin embargo, se reveló como un vasto fresco que ilustró con claridad su evolución estética: desde el austero minimalismo inicial hasta la riqueza expresiva de su lenguaje actual. Cuatro décadas condensadas en cuatro obras dieron lugar a un auténtico “Festival Adams”.

Con “The Chairman Dances: Foxtrot for Orchestra” (1985), boceto de la escena del banquete de “Nixon in China”  y con “I Still Dance” (2019), inspirada en la pareja Tilson Thomas–Joshua Robison, se mostró al Adams más implacablemente rítmico, juguetón y reconocible. Ambas piezas, verdaderas “tocatas con esteroides”, evidencian, además, el fértil diálogo entre el cine y la música académica. Ejecutadas con fervor, se convirtieron en auténticas montañas rusas sonoras, con una New World Symphony que respondió de manera ejemplar tanto bajo Adams como bajo Denève.

Vikingur Olafsson, quizá el pianista joven más célebre del momento. Fotografía: Alex Markow (cortesía de la New World Symphony).

Así como Richard Strauss supo destilar la esencia de “El caballero de la rosa” y “La mujer sin sombra” en espléndidas suites orquestales, Adams —operista de raza— hace lo propio en la “Doctor Atomic Symphony”, compendio de su ópera homónima de 2007 sobre Robert Oppenheimer y la creación de la bomba atómica. En sus tres movimientos —El laboratorio, Pánico y Trinidad— el compositor construye un tríptico magistral que no solo resume la ópera, sino que incluso parece enriquecerla cromáticamente.

Desde el comienzo de tintes cinematográficos hasta el endiablado tapiz para cuerdas del segundo movimiento, en el que los becarios de la orquesta brillaron de manera memorable, la obra culmina en un final monumental. Allí, Adams confía a la trompeta —impecable Jack Farnham— la transfiguración del aria para barítono “Batter my heart, three-person’d God”, cincelando una melodía tan conmovedora como desoladora. Denève condujo con fiereza una partitura que exige todo.

El núcleo del programa fue “After the Fall” (2024) para piano y orquesta, el tercer concierto para piano de Adams, concebido para Víkingur Ólafsson, quien lo interpretó bajo la dirección del propio compositor. En un solo arco de unos 25 minutos, la obra adopta la estructura implícita de tres secciones contrastantes, diferenciándose claramente de sus predecesoras por un discurso más introspectivo y refinado, hecho a la medida del pianista islandés. Profundamente modelado para su sensibilidad bachiana, el concierto integra progresivamente el piano en una trama orquestal translúcida y urgente, sin solución de continuidad.

Stéphane Dèneve y John Adams. Fotografía: Alex Markow (cortesía de la New World Symphony).

El contraste entre tradición y modernidad se vuelve explícito en la reelaboración del Preludio en do menor del “Clave bien temperado” de Bach en la sección final. Lejos de la cita decorativa, Adams celebra aquí la continuidad con el pasado como una contemplación panorámica de la civilización musical, de la que toma prestado con picardía y responsabilidad. Sin heroísmo ni imposturas, se aboca al riesgo de recrear el futuro. La orquesta acompañó con transparencia al solista, quien fue apropiándose gradualmente del discurso, agigantado hasta desembocar en el feroz tour de force de la conjunción Bach–Adams, resuelto por Ólafsson con pasmosa destreza.

Víkingur Ólafsson, quizá el joven pianista más célebre del momento, ofreció un bis tan pertinente como sublime: una transcripción del Andante de la Sonata para órgano n.º 4 de Bach, dedicada a Gehry, que sirvió como última y suprema pieza del rompecabezas. El inagotable manantial Bach como esencia, principio y fin, al que siempre se regresa. Un corolario inolvidable que reclama un pronto regreso y recuerda la función última de la música: servir al espíritu humano.

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