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Antonio José Ponte habla sobre ‘La lengua suelta’, una ‘oprobiografía’ de la vida intelectual en Cuba

Posted By Jesús Vega
May 4, 2020 at 8:17 PM

“La cultura oficial, como sabemos, no resiste ni una pizca de burla’ afirma Antonio José Ponte. Fotografía: Juan Carlos Herrera (cortesía)

El libro más reciente del novelista, ensayista y poeta Antonio José Ponte es “La lengua suelta”es un volumen a cuatro manos, como una sonata. A un lado del teclado está Fermín Gabor, escritor anónimo convertido en figura de culto por sus valerosas críticas a la policía política y a la cómplice intelectualidad; y del otro él, conformando una especie de diccionario “oprobiográfico” sobre cada personaje citado en los textos de Gabor.

Por las páginas desfilan, como en una película tragicómica (Ponte es un cinéfilo convicto y confeso) o un espectáculo de la Commedia dell’arte, los mascarones de proa (vivos y muertos) del poder político y del arte oficialista cubano de inicios del milenio. En cada episodio y su entrada correspondiente del Diccionario, se compendia una historia de mediocridad, terror y horror, narrada con erudición, humor, agudeza de crítico y ojo cinematográfico.

En 1979, “Los años de Orígenes” de Lorenzo García Vega puso al descubierto la verdad oculta del grupo de José Lezama Lima, marcando un antes y un después de la historia. “La lengua suelta” le sigue en el tiempo con el mismo afán, y estremecerá los cimientos de un sistema que funciona a base de engaño, censura y temor, con estos “cromitos cubanos”. Ponte nos habla de ello.

¿Cómo llegaste a la concepción de este libro? ¿Tal vez aquella afirmación de: “Si Kafka hubiera nacido en Cuba, habría sido un escritor costumbrista”?

Hay libros que uno planea y otros que se forman por sedimentación, por páginas amontonándose. De los primeros entrevemos su unidad antes de empezar a escribirlos y de los segundos descubrimos su unidad un buen día, como si hubieran estado escribiéndose ellos por sí mismos. Este libro es la suma de dos libros, cada uno de clase distinta.

“La lengua suelta” , que firma Gabor, es de esos que se escriben solos. Su autor reaccionó a ciertos acontecimientos, los cronicó satíricamente y terminó dejando el libro que hacen esas crónicas juntas. Y, por otra parte, yo armé el “Diccionario de la Lengua Suelta” para adicionarlo al libro de Gabor, de manera que no pudo ser más planeado: quise contar cómo seguían las vidas (y algunas muertes) de los mencionados por Gabor.

En cuanto a la frase de Kafka y Cuba, me temo que es un piropo reconfortante que le dedicamos a nuestros desórdenes. Buscamos buen linaje, acogernos a la protección de un santo patrón fundamental como Franz Kafka. Pero en Kafka no dejan de estar incluidos (aunque sea echándoseles en falta) Dios y la salvación, con lo cual apunta más alto que nuestras costumbres.

En el principio fue Gabor, luego Ponte. ¿Qué desafíos enfrentaste en este juego de seudónimos y lapidarios, especialmente cuando muchos te atribuyen la paternidad de todo el contenido? ¿El mismo “panorama de mierda” que vio Gabor, según dices en una entrevista?

Cada uno a su manera, Gabor y yo intentamos contar cómo el oficialismo devora el espíritu, qué ocurre en las almas de unos escritores funcionarios, tengan o no puesto oficial. Porque no es necesario estar supeditado a mando para constituirse en escritor funcionario. Un autor que se autocensura empieza ya a ser escritor funcionario. Es un colaborador, aunque todavía no se haya plegado a la chivatería. 

Al ocuparse de la biografía de Cintio Vitier, Gabor habla de su oprobiografía. Digamos entonces que, por los muchos casos, a mí me tocó escribir un diccionario oprobiográfico. Fermín Gabor utilizaba el humor para denunciar oprobios y yo he intentado aprovecharme de esa lección suya, aunque no siempre alcanzara a seguirla.

Mi desafío principal fue ese: encontrar un modo de acercamiento, un tono que no fuera el suyo. Continuarlo sin imitar, inventar para continuarlo. Parafraseando el título de mi primer libro de ensayos publicado – “Un seguidor de Montaigne mira La Habana” – , la parte mía en este volumen podría subtitularse: “Un seguidor de Gabor mira La Habana”.

Portada de “Fermín Gabor. La lengua suelta. Edición de Antonio José Ponte”. Editorial Renacimiento, 2020

Una de las revelaciones más sorprendentes del libro es la continuidad de casi un siglo de censura, chivatería, mediocridad, miedo y bajeza que unifica a viejos y jóvenes, a vivos y muertos, a celebridades y defenestrados; en vez de una solidez creativa. ¿Cómo lograste unificar tanto dato disperso?

Dado el peso tremendo del presente, tendemos a creer que esos hábitos de la vida intelectual aparecieron a partir de 1959. Y no es así, aunque resulta indudable que desde esa fecha son más recurrentes.

En toda su historia anterior Cuba no tenía régimen tan dependiente de la abyección de sus intelectuales como el régimen revolucionario. Contaba con un historial de dictaduras y poderes omnímodos, pero le faltaba el totalitarismo. Y ninguna de las censuras políticas previas llegó a operar como opera la censura revolucionaria, que va no solo contra lo publicado, sino contra lo que está por escribirse y considera predelictivo.

Sin embargo, no vaya a pensarse que hubo que esperar a la llegada del totalitarismo para que los escritores cubanos iniciaran sus oprobiografías. A lo largo del “Diccionario de la Lengua Suelta” aparecen nombres y episodios prerrevolucionarios, y alguna vez habrá que intentar una historia cubana del síndrome de Siracusa. (Dentro de la geografía patológica, el síndrome de Siracusa es mucho menos conocido que el de Estocolmo, aunque ambos están muy relacionados. Su nombre viene del afán de Platón por hacer de Dionisio el Joven, tirano de Siracusa, un rey filósofo.)

Otro logro de Gabor-Ponte es la simetría perfecta entre la fraseología de un erudito y la jerga callejera, en dosis medidas de humor, ensayo, novela y sátira política¿Cómo lo hizo Ponte, ya que Gabor se diluyó en el mito y no puede hablar?

Me atrevo aquí a responder por los dos. Creo que a Gabor debió hacérsele claro que, si iba a tratar de temas evitados, tendría que hacerlo con palabras y matices y géneros literarios evitados también: la sátira política, la jerga de la calle, la música popular…

Gabor no escribió en estilo mandarín, aunque tampoco en prosa plebeya. Lo hizo, creo, poniendo en tensión ambos estilos. De modo que cuando escribía en mandarín era en un mandarín escarmentado, cuya alta enunciación se hacía irónica, pues de un momento a otro iba a caerle encima un ramalazo de la calle. E igual cuando escribía en plebeyo, que es un plebeyo escarmentado.

Esa tensión de estilos casa muy bien con las bajezas del gremio y con sus pretensiones intelectuales. Resulta útil también para sopesar ciertos mitos políticos. El de la pobreza irradiante, por ejemplo, que fue inventado por Lezama Lima y explotado por Cintio Vitier.

José Lezama Lima acostumbraba a fabricarse salidas airosas para unas circunstancias, si no terribles, desventajosas. En los años republicanos vio al país “frustrado en lo esencial político” y avisó de que podrían alcanzarse “otros cotos de mayor realeza”. (Esto es lenguaje mandarín a punto de caramelo, venatoria para nobles retirados de la corte.)

De igual modo, al comprobar su pobreza material y cómo esa pobreza había sido el destino de tantos creadores a lo largo de la historia cubana, recurrió al mito de la pobreza irradiante. La pobreza irradiante es pura sublimación económica, Marx montando a Freud a caballito.

La cuestión para Gabor (y para mí, en tanto seguidor) es qué le ocurre a la pobreza irradiante en un régimen de apagones. ¿Es capaz de irradiar todavía? Lezama Lima estaba muerto ya, pero Vitier seguía con aquel sonsonete. ¿Y qué pasa cuando el país es de una frustración política mayor que durante la República y, para empeorar las cosas, en los cotos de mayor realeza no aparece ni una liebre? Creo que la pobreza irradiante y los cotos de mayor realeza no pueden ser contemplados sin una dosis de conmiseración y choteo. 

Para volver a tu pregunta, supongo que al bautizar sus crónicas Gabor se propuso soltura de lengua, no solo por lo revelatorio, sino por el lenguaje con que iba a decirlo. Y lo dejó avisado desde el título.

Pero es menester resaltar que “La lengua suelta” no solo ridiculiza y acusa, pues también tiene momentos de “querencia” al decir lezámico (Reinaldo Arenas, Manuel Díaz Martínez, Rafael Alcides)

Ciertamente, y a esos nombres que mencionas podrían agregarse otros: Piñera, Cabrera Infante, Kozer y otros. No muchos. No tantos.

Me imagino que este libro está circulando ya en el entorno cultural cubano que tan bien retrata: forrado, oculto y de mano en mano entre los afortunados, por un lado; y por otro, lanzado contra la pared de una oficina ministerial. ¿Cómo lo ves?

Aún no he tenido noticias de que circule el libro allá, pero me acuerdo de cuánto lo hicieron las crónicas de Gabor publicadas en La Habana Elegante. Entonces percibí que algunos de los aludidos se sentían ofendidos y, a la vez, halagados por la atención. Y es que hablamos de narcisistas a los que, con tal de aparecer, les da lo mismo un escándalo que un homenaje.

Cuando salió el libro, hace un par de meses, abrí un perfil de Facebook a nombre de Fermín Gabor, que es muy leído en Cuba. Me han llegado reacciones: para algunos resulta motivo de diversión, otros se ven obligados a desaconsejar que se comparta o se muestre adhesión a tal o más cual contenido. Alegan el mal gusto de Gabor y mío. Son gente de una caprichosa exquisitez, a la que no les disgusta la censura y la violencia que ejercen las autoridades.

La cultura oficial, como sabemos, no resiste ni una pizca de burla. Son graves las ortodoxias: te ríes y, no es que pierdas el juego, es que se viene abajo el juego. Y cuando el juego se derrumba, puede caerte encima y aplastarte. Así que lo que esa gente defiende cuando dice defender la patria, la cultura nacional o cualquier otra de esas grandes palabras, es simplemente un techo. Su techo.

Antonio José Ponte es un escritor en continuo movimiento creativo, un “inquieto anacobero literario”. ¿Qué nuevo proyecto puedes anticiparnos?

Me pregunto a veces por textos inexistentes, fantaseo con eso. No míos, textos de otros. Me pregunto qué habría escrito Hemingway sobre la invasión de Bahía de Cochinos si alguna revista le hubiera hecho el encargo y él no anduviera entonces tan maltrecho y en sus meses finales. O Albert Camus, qué habría opinado de las crónicas habaneras de Sartre, en caso de no morir un par de meses antes de que Sartre y De Beauvoir llegaran a La Habana.

Preguntas por ese estilo. Casi siempre me basta con hacerlas y no voy más allá. Pero últimamente pienso en lo que habría escrito el italiano Sciascia acerca del Caso Padilla.

Leonardo Sciascia dedicó un libro espléndido al secuestro y asesinato de Aldo Moro y un curioso librito a las circunstancias de la muerte de Raymond Roussel en un hotel de Palermo. Admiro su pericia de forense y su sagacidad de notario para leer actas y documentos hasta formar un relato. Y creo que si mi pregunta sobre él se mantiene en pie, ahí habría proyecto.

Para conocer mas sobre “La Lengua Suelta” recomendamos visitar el “muro” de Fermin Gabor en Facebook (actualizado diariamente) https://www.facebook.com/fermin.gabor.7

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